Visión de Venus

Complacido voy de la mano de dos hacia una cama destendida
que acoge entre sus pliegues un libro de cuyo autor
no alcanzo a leer el nombre. Compagino seducción y poesía
y ese pensamiento súbito me enciende.
Oh trajín de la carne oh tarde de lectura, no sé qué puede más,
dónde reposar la yema de los dedos mientras permanezco desnudo,
y al rato, uno de los tres, en completa entrega y lengua salaz
recita un poema de Blanca Varela. El poder de la voz
es tan turgente que a la vez nos acucia el sueño del orgasmo.
A diestra y siniestra potros y hogueras. Cadenas, azufre y humo.
Una vez satisfecho el mandato de Venus
me provoca el deseo de un diálogo jadeante,
tres lunas enlazadas que preñan el espejo de la estancia
donde multiplicar la perecedera entrega de la carne
hasta que dejo de existir, y renazco, un poco más allá,
mientras la carne inquieta se serena y el oído queda satisfecho.

Visión del baño turco

«Ô parfum chargé de nonchaloir!»
Les fleurs du mal. Charles Baudelaire

Sólo una orden puede interrumpir la indolencia femenina,
la fantasía del ojo que abarca la magnificencia del harén,
el goce de la mujer con su turbante. La tibieza de los cuerpos
descansa en una flor extraña en la visión de las más jóvenes
ajenas a la melodía de laúd y pandereta.
Las hay georgianas, circasianas, eslavas, entre las favoritas
del señor que todo lo dispone.
La escena no cabe en la lujuria del solitario mirón,
predomina el olor sutil de almizcle en el óvalo perfecto.
La inclusión de la mirada que determina el placer del hombre,
el oscuro dintel de entrada a lo desconocido,
la dolorosa impotencia del sultán presuntuoso.

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