Rubem Fonseca, Historias de amor (amor onfalocéntrico)

…sin amor, el orgasmo ocasiona siempre un inmenso fastidio mezclado con tristeza.
Gustavo Flavio

Cuando en «Betsy», una de las siete Historias de amor, Fonseca dice que la casa «jamás había estado tan vacía y tan triste», lo que él afirma es que generalmente era triste y vacía, pero no tanto como esa mañana: «Por fortuna, el hombre no había tirado la caja de cartón de la licuadora. Volvió a la recámara. Cuidadosamente colocó el cuerpo de Betsy dentro de la caja. Con la caja bajo el brazo caminó hacia la puerta. Antes de abrirla y salir, se secó los ojos. No quería que lo vieran así.»

Amor mitológico —de engaño, huida y metamorfosis—, amor cronofóbico, visual, pasivo, lésbico —anticonvencional—, omnipotente; amor de oficina, promiscuo, visceral, impersonal y funcional. Fonseca define a sus personajes a través de estos estados emotivos, pues esta es la forma en como ellos interpretan lo cotidiano, en como expían y trascienden los planos de lo público y lo privado: Betsy fallece por una enfermedad terminal, pero ante su degradación física (entendamos transmigración) «el hombre» que la ha acompañado durante 18 años, lleva al exterior la evidencia de un amor mudo, encerrado: «Permaneció con Betsy durante toda su agonía, acariciando su cuerpo, sintiendo con tristeza la flacura de sus ancas».

Esta clase de cuento corto se convierte en la mente del lector en un verdadero relato largo sin terminaciones, al intentar entender las asociaciones que el autor de Os Prisioneiros (1963) establece entre el erotismo y la perversión, la prostitución, el homicidio, lo caótico, la violencia citadina como una geografía más en el horizonte de sus habitantes, o deberíamos decir en su muro de las lamentaciones donde toparán con su propia negación.

Los estados de vida «inaceptables» se reducen en Fonseca en una escena bêtise (tontería), como el bêtise que se echan Eunice y Dora —en el cuento de «Familia»—, años después de reencontrarse: «La amiga había mandado a hacer pantaletas amplias de algodón como las que usaban en el colegio de monjas y que no estaban a la venta en las tiendas.» («Familia».)

EL ENREDO NEGRO

El amor homicida y violento que envuelve a Mandrake (el álter ego de Fonseca en Del fondo del mundo prostituto sólo amores guardé para mi puro, Cal y Arena, 1999), a un escritor, a su mujer en turno —y un par de ex amantes, entre ellas la esposa de un diplomático extranjero asesinada—, etc., es más elaborado: satura de correspondencia el cesto de basura de la casa, hay retazos de fotografías de mujeres asesinadas, grabaciones, espionaje doméstico, jaquers virtuales, mentiras, intriga, etc., por medio de una narrativa retrospectiva, de averiguación previa y de careos indiscretos e íntimos, un laberinto literario al que bien pudo el autor de esta novela corta proponer un orden de lectura, a la manera como Cortázar lo sugirió con su Rayuela, pero entonces se habría perdido ese carácter de ambiguedad, de lo relativo de lo que echa mano para evitar que el orden quede restablecido. (Miguel Oviedo,«Rubem Fonseca, la fascinación del abismo», Letras Libres, 2002.)

Pese a que la trama cruza una y otra vez la frontera del género policial, bajo el puente el acontecer privado de los personajes de Fonseca corre como un río de seducción, hedonismo y violencia, y queda reducido, como lo afirma su personaje autobiográfico Gustavo Flavio —uno de los implicados en el mundo prostituto— al hecho de que «hablar con una mujer es tan sólo un ejercicio de comunicación onfaloscópica» (Onfalocentrismo: elaboración de la visión del mundo o de la realidad a partir de la contemplación (figurada) del propio ombligo, considerado este, desde el Viejo Mundo, como el centro de la comunicación entre los hombres y los dioses.) —Betsy llegaba a golpearse ocasionalmente el abdomen con los pies juntos—.

Si hacemos caso a esa premisa, estaremos muy cerca de entender al Bataille que Fonseca pone a prueba en su literatura, partiendo de que «la belleza sólo es deseada por la alegría que causa al ser profanada». Mientras que Madrake intenta descifrar entre tanta metafísica pasional la serie de homicidios de las examantes de Gustavo Flàvio, este se da a la tarea de disertar sobre Sade, Joyce, Tomás de Aquino, Hemingway, Flaubert, Camus, Philip Roth, Brodsky, Rushdie, Fuentes, Durell y otros, para concluir con frases como aquella de que «no existen recetas para cogerse a una mujer». De sus asociaciones entre la vida, el engaño amoroso, el odio, la envidia, la obsesión ante la existencia, escuchamos en voz de ese personaje (idealizado por la filosofía fonsequeana) una metáfora formulada por Sade: escribir llena «al corazón y la mente de los lectores de miedo y horror, porque la vida es eso, miedo y horror.» En ese boulevard de las almas ilustres nos percatamos de la presencia moral de A. Strindberg con Alegato de un loco, obra maestra de éste, en la que se expresa la antítesis del amor desarrollada en sus años de infierno, dolor, desengaño. Fonseca acusa la realidad prosaica en la que se vuelca una relación idílica frustrada. La misoginia de Strindberg fue fruto de experiencias sentimentales que devinieron en el desastre. Más que en contra de la mujer, el escritor sueco se pronunciaba ante el matrimonio, específicamente al matrimonio burgués. Para Fonseca, mientras algo sonara a noción de civilidad o compromiso social era digno de atropellamiento… moral. Desde el fondo del amor strindbergiano, escuchamos confesar, al autor de z, 1975 —censurado por ir contra la moral y las buenas costumbres—: «Siempre tuve varias mujeres hasta que decidí quedarme sólo con una. No funcionó. Ahora tengo dos mujeres, pero no vivo con ninguna de ellas. Cuando me quede solo, y eso no va a tardar mucho, voy a vivir con un perro.»

A través de las muertes de sus amantes ha podido el escritor promiscuo mirarse a sí mismo, pero no para encontrar su mediocridad, sino la de los demás. No es el amor, somos nosotros, como bien sentencia el dramaturgo Jean Anouilh: «Existe el amor, claro. Y existe la vida, su enemiga.» Y para concluir, como en ademán de saludo y reverencia a Rubem Fonseca (y esperando que mi hija no lo lea sino hasta después de sus quince años), una frase de Rafael Pérez Gay en torno a la obra negra del brasileño, «sus fines no se proponen descubrir al asesino. Su hazaña literaria es descubrir la condición humana.»

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