Justina o las desventuras de la virtud: Los apetitos de Sade

Consideradas como obscenas y mantenidas por más de siglo y medio fuera del alcance de todos, menos de aquellos que estuvieran dispuestos a quebrantar la ley, las obras del Marqués de Sade, aunque involuntariamente, han proporcionado una serie de instrumentos psicológicos, sociológicos y filosóficos sin igual hasta entonces y que todavía hoy sigue sin parangón.

Donatien Alphonse François de Sade, nació en junio de 1740 en la provincia francesa de Provenza. Su vida inició con la enseñanza en una escuela de jesuitas y posteriormente militar, participó en la guerra de los Siete años en Alemania (1759). No tardaría en convertirse en un ciudadano metido en escándalos de libertinaje y crímenes por lo que fue encarcelado en varias ocasiones. Su más famoso juicio y condena se produjo tras organizar “la orgía del bombón cantarídico”, en Marsella. Sentenciado a muerte por el uso del polvo de cantárida, mezclado con chocolate, y que terminó fulminando a muchos de sus invitados, fue encarcelado y huyó al siguiente día a Italia.

Volvió a ser aprehendido y trasladado a una torre de seis celdas de La Bastilla donde terminó de escribir, en 1788, su primera novela que se publicó y que ahora es la más famosa de todas. Justina, o las desventuras de la virtud. En años posteriores sería revisada y ampliada por el propio autor. En el primer tomo de las Obras Completas, editado por Lagusa (4ª edición 1985), encontramos la traducción del texto original francés, más cercano al escrito por Sade, donde podemos comprobar por qué fue considerada en sí misma una obra escandalosa, como un catálogo de carnalidad y sensualidad.

La obra más grande de Sade —señala Camus en su ensayo «La rebelión metafísica»— termina con una demostración de la estupidez del odio divino. La inocente Justina corre bajo la tempestad y el criminal Noirceuil jura que se convertirá si ella es respetada por el rayo celeste. El rayo hiere a Justina, Noirceuil triunfa y el crimen del hombre seguirá respondiendo al crimen divino. Hay así una apuesta libertina que es la réplica de la apuesta pascaliana. Negará, por lo tanto, al hombre y su moral porque Dios los niega pero negará al mismo tiempo a quien se servía de caución y de cómplice hasta entonces. ¿En nombre de qué? En nombre del instinto más fuerte en aquel a quien el odio de los hombres hace vivir entre los muros de una prisión: el instinto sexual. ¿Qué es este instinto? Es, por una parte, el grito mismo de la naturaleza (apetitos sexuales desmesurados), y por otra parte, el impulso ciego que exige la posesión total de los seres al precio mismo de su destrucción. Sade negará a Dios en nombre de la naturaleza —el material ideológico de su época le proporciona razonamientos mecanicistas— y hará la de la naturaleza un poder de destrucción. La naturaleza, para él, es el sexo; su lógica le lleva a un universo sin ley en el cual el único amo será la energía desmesurada del deseo.

«—Mi querida Justina —dijo— (Rolando), estás equivocada si supones que la belleza de una mujer es lo que excita la lujuria de un libertino, es más bien el crimen que la religión y la ley asocian al hecho de poseerla. ¿Quieres pruebas? Entonces considera lo que te voy a decir: ¿no es cierto que cuanto mayor es el crimen más grande resulta el placer del libertino? El trato sexual con una prostituta no presenta el menor atractivo para él. Pero fornicar con una mujer ‘buena’ le agrada muchísimo más, desflorar a una virgen más aún, estuprar a una esposa todavía más, seducir a una monja muchísimo más que lo anterior, y si la víctima se resiste al placer final es mucho más dulce el obligarla. ¿Que padece daño? Más dulce aún. ¿Que fallece? Éxtasis, niña mía, puro éxtasis.»

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