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	<title>Revista Luna Zeta</title>
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	<description>Creación, Análisis Y Reflexión</description>
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		<title>Dossier Fotográfico No. 29 &#8220;Diversidad Cultural&#8221;</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Jun 2010 00:01:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Luna Zeta</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Dossier]]></category>
		<category><![CDATA[Fotografía]]></category>
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		<description><![CDATA[


Fotografías de Baldomero Robles y Edson Caballero.
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<div style="width: 420px; text-align: left;">Fotografías de Baldomero Robles y Edson Caballero.</div>
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		<title>&#8220;En el bosque de las mutaciones&#8221;</title>
		<link>http://www.lunazeta.com/2010/06/en-el-bosque-de-las-mutaciones/</link>
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		<pubDate>Fri, 25 Jun 2010 23:41:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Fotografía]]></category>
		<category><![CDATA[blanco y negro]]></category>
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		<description><![CDATA[]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_224" class="wp-caption alignnone" style="width: 590px"><img class="size-full wp-image-224" title="Alicia_Huerta" src="http://www.lunazeta.com/wp-content/uploads/2010/06/Alicia_Huerta.jpg" alt="Foto Alicia Huerta Cortés" width="580" height="715" /><p class="wp-caption-text">Foto: Alicia Huerta</p></div>
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		<title>Entrevista a Eduardo Mosches por Juan Carlos Cruz Rosas</title>
		<link>http://www.lunazeta.com/2010/06/entrevista-a-eduardo-mosches-por-juan-carlos-cruz-rosas/</link>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 15:31:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevista]]></category>

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		<description><![CDATA[Soy un viajero en la poesía.
Deambulo por ella y de vez en vez la escribo&#8230;



EXILIADO POLITICO, POETA Y EDITOR.
Eduardo Mosches, como él mismo se nombra «mexicano de origen argentino», nació en 1944, en Buenos Aires. En su mirada clara se acumula el trafagar de una vida de andanzas, a veces buscadas y otras fortuitas. De [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Soy un viajero en la poesía.<br />
Deambulo por ella y de vez en vez la escribo&#8230;</em></p>
<p style="text-align: right;">
<p style="text-align: right;"><em><br />
</em></p>
<p><strong>EXILIADO POLITICO, POETA Y EDITOR.</strong></p>
<p><strong>Eduardo Mosches</strong>, como él mismo se nombra «mexicano de origen argentino», nació en 1944, en Buenos Aires. En su mirada clara se acumula el trafagar de una vida de andanzas, a veces buscadas y otras fortuitas. De palabra franca y jovial, acepta cualquier tema en la charla sin desistir en agotar sus recovecos posibles. Estudió ciencias políticas en Berlín y cinematografía en la UNAM. En México fue profesor universitario en comunicación y laboró como promotor cultural en la Casa del Lago de la UNAM. Fue director del Foro Cultural Gandhi y editor en Folios Ediciones, Nueva Imagen y Plaza y Valdés. Es director y fundador de la revista Blanco Móvil desde 1985 y director editorial de la revista especializada en derechos humanos La memoria y el parteaguas. Ha publicado diversos libros de poesía, entre los que están: Los lentes y Marx, Los tiempos mezquinos, Cuando las pieles riman, Viaje a través de los etcéteras y Molinos de fuego. Desde hace años imparte talleres literarios en diversos estados de México. Ha publicado en periódicos y revistas nacionales, de Estados Unidos, Israel, Brasil, Chile, Argentina, entre otros; radica en la capital mexicana. Fue premiado como editor literario por el Instituto de Bellas Artes (1993) y por el FONCA (1993 y 1994).</p>
<address>Comienzo esta breve entrevista a Eduardo Mosches para Luna Zeta preguntándole, inevitablemente, sobre su llegada a nuestro país, envuelta en circunstancias especiales, días antes de que se instituyera la dictadura militar encabezada por el general Rafael Videla, en Argentina.</address>
<address>
</address>
<address>
</address>
<p><strong><br />
Hay viajes que se convierten en azar y otros son predestinados, ¿cómo fue el viaje que te trajo a México?</strong><br />
Llegué al país en febrero de 1976, como micro contrabandista gracias a los afanes de la madre de una amiga mexicana que residía en Buenos Aires. La intención era simple, ella pagaba el viaje y el hospedaje, con la condición de venir con dos maletas llenas de camisas, pantalones, chamarras de cuero, suéteres; material que sería vendido en condiciones óptimas de ganancia, tomando en cuenta buena calidad y precios bajos. Así llegué. Después, a las tres semanas de estancia, se dio en Argentina, el 23 de marzo, el golpe militar, hecho que me impidió regresar y posibilitó, esa es otra historia, el quedarme a residir definitivamente en México.</p>
<p><strong>Su ausencia de Argentina durante esos tiempos aciagos (1976-1983) con aproximadamente 30.000 desaparecidos y el terror sembrado por la triple A derechista (Alianza Anticomunista Argentina), me llevan a formularle a Eduardo Mosches lo siguiente:</p>
<p>Regresar veces parece un largo viaje, ¿qué permanece de aquellos años o ha cambiado, en algún retorno temporal que hayas hecho a Argentina?</strong><br />
Hice mi primer viaje de regreso a Argentina, hace apenas dos años, esos largos 30 años de distancia me llevaron a ver, en imágenes muy rápidas, una ciudad, la de Buenos Aires, que cambió en segmentos; se remodelaron barrios como el del Abasto, famoso por Gardel y su mercado, convertido hoy en lugar de centros de compras elegantes, restaurantes y salones de baile de tango para clasemedieros y turistas; la calle de los cines, que en los setenta, como años antes, era una calle muy iluminada, donde la gente masivamente iba y venía de la veintena de cines existentes, entraba a restaurantes y pizzerías hasta altas horas de la noche, y la sorpresa dolorosa fue ver esa calle, hoy, vacía y oscura, con muchos templos de sectas cristianas, como reemplazo «lúdico». Fue la ruptura de mi mito urbano. Mi barrio de la infancia estaba casi igual, pocas cosas habían cambiado. Mi encuentro con la gente: conocidos y desconocidos, fue agradable, sencilla y humanamente cálido. Por otro lado, lo importante para mí fue sentir que se había recuperado la memoria, lo acontecido en los brutales años de la dictadura era recordado y denunciado. Se hablaba y discutía sobre todo lo sucedido.<br />
<strong><br />
Mosches, trabajó varios años de obrero agrícola en un kibutz en Israel, años después como impresor y participó en producciones cinematográficas en ese país.</p>
<p>¿Qué recuerdos más importantes retienes de tu viaje a Israel?</strong><br />
Bueno, fue mucho más que un viaje, viví ahí siete años. Llegué acompañado de la maleta del socialismo utópico, fue en 1963, para vivir en esa comuna agrícola, el Kibutz. Era un modo de vida que me agradó, donde el dinero no contaba. El golpe que hizo trastabillar mi visión igualitaria, fue el toparme con la condición de vida de las personas en las aldeas árabes: no había electricidad, calles sin asfaltar, mucha miseria a simple vista. Ese hecho hizo cambiar de dirección mi olfato político y humanista. Me acerqué a la izquierda antisionista, un movimiento de nueva y variada izquierda marxista, donde se releía la historia, no como el sueño del regreso judío, sino también como la violenta política colonial del sionismo enfrentando a los pobladores palestinos. Digamos brevemente que Israel fue una excelente escuela que me vacunó contra el militarismo, la xenofobia, los nacionalismos, las místicas religiosas y las segregaciones. Mi maestro político en ese país, fue un trotskista palestino (ya fallecido) Ghabra Nicola. Siempre recordaré sus enseñanzas.<br />
<strong><br />
¿Hacia dónde viajan los que buscan otra mejor forma de vida?</strong><br />
Sobre mejor forma de vida, no sabría decirlo. Puesto que mis viajes fueron basados o en los deseos ideológicos, en la casualidad política, o en el deambular agitanado de la juventud,  lo que puedo decir, es que viajar y vivir en otros lugares amplía enormemente el universo interno de aquellos que viajamos y vivimos no como turistas, en diferentes países. Todo se amplía: el acercamiento a los colores, los olores, los sabores, las temperaturas, desde la fría nieve con los duros rayos solares mediterráneos o del desierto potosino. Nos abrimos a formas y códigos diferentes que después se vuelven propios. Por lo tanto códigos muchos más amplios, incluyentes.<br />
<strong><br />
Sobre su quehacer literario, pertinaz, a sus 64 años, cabe preguntarle en este juego de ida y vuelta.</p>
<p>¿Te consideras un viajero de la poesía?</strong><br />
Quizá diga que soy un viajero en la poesía. Deambulo por ella y de vez en vez la escribo para que otros también deambulen.</p>
<p><strong>Tú tienes un libro que se titula Viaje a través de los etcéteras.<br />
Sí, intenta retomar temas e imágenes que forman parte de un entramado, un tejido de  vivencias amorosas, políticas, sociales, un gobelino de alegrías parciales, acompañados de desencantos. En fin, pedazos de vida propia y ajena, por lo tanto también propia.</p>
<p>¿Con qué equipaje se viaja por la literatura?</strong><br />
El deseo de conocer, la mirada inquisitiva, la sensibilidad alebrestada, la lectura constante, la pulsión de escribir, en fin, viaja.</p>
<p><strong>Con más de 107 números en 23 años de vida, la revista Blanco Móvil fundada y dirigida hasta la fecha por Eduardo Mosches, es un importante espacio para la literatura latinoamericana, incluyendo voces de otras latitudes terráqueas. Hace memoria y en una rápida retrospectiva resume su transcurrir cuando le interrogo:</p>
<p>La revista Blanco Móvil, inicia su viaje en 1985, ¿cómo ha sido éste?</strong><br />
Inició en los intestinos de una librería, la Gandhi (en Ciudad de México), nos fuimos de ese primer cobijo, y de ahí zarpamos para encontrar y descubrir variados universos literarios, desde poetas y narradores latinoamericanos, europeos, africanos y asiáticos, creadores de países como Brasil, Argentina, Venezuela, Cuba, Ecuador, Bolivia, España, Italia, Francia, Líbano, Israel, Belice, Dinamarca, Alemania, Angola, entre otros, en fin, fue y es un viaje plagado de sorpresas agradables, inquietudes de sobrevivencia económica, tensiones no pocas veces, pero siempre acompañado de la solidaridad y el interés de los creadores que acompañan el viaje de la revista: poetas y narradores, pintores, fotógrafos, actores y músicos.<br />
<strong><br />
Como buen argentino como lo es Mosches, en el fondo, y amante de la literatura, es fácil advertir su espíritu explorador, inquisitivo. </p>
<p>¿Algún viajero en especial que te haya cautivado? </strong><br />
Es un pirata que acompañó mis aventuras de lecturas infantil y adolescente: Sandokán, personaje creado por el escritor italiano Salgari. Eran viajes por los meandros críticos de la mirada de un mestizo frente al poder de los imperios europeos. Fue una manera de verme desde dentro de la mirada de los colonizados.<br />
<strong><br />
Finalmente, cierro la entrevista con una pregunta que sé de sobra la respuesta de Eduardo por su naturaleza misma.</p>
<p>¿Preparas algún próximo viaje?</strong><br />
Sí, fui invitado a un encuentro de escritores y editores latinoamericanos, que se llevará cabo, a mediados de noviembre, en Fortaleza, Brasil. </p>
<blockquote><p><em><strong><br />
Juan Carlos Cruz Rosas </strong><br />
Oaxaca, 1966. Periodista, editor, ensayista y narrador. Ha publicado en diversos suplementos, diarios y revistas locales y nacionales. Forma parte del consejo editorial de la revista Luna Zeta.<br />
</em></p></blockquote>
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		<title>&#8220;Travesía de un cantar en llamas&#8221; por Jorge Pech Casanova</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 15:21:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayo]]></category>

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		<description><![CDATA[Pocos poemas escritos en México implican una travesía tan abrumadora como la que contiene Sobre la tierra de los muertos, de Javier España. Trayectoria de un devastador impulso, no vacila en volverse contra sí misma, como un incendio, y al transitar en la historia reenciende centellas inesperadas en hitos de la ciencia, la filosofía y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Pocos poemas escritos en México implican una travesía tan abrumadora como la que contiene Sobre la tierra de los muertos, de Javier España. Trayectoria de un devastador impulso, no vacila en volverse contra sí misma, como un incendio, y al transitar en la historia reenciende centellas inesperadas en hitos de la ciencia, la filosofía y del misterio humano. El punto de partida es una ciudad acaso más poblada de leyendas que de gente: la Alejandría de la biblioteca mayúscula y el faro maravilloso, la Alejandría que un emperador fundó, que un incendio mermó y que los siglos asediaron sin conseguir devastarla.<br />
Ese viaje con puerto inicial en Alejandría incluye una expedición por literaturas dilectas. La clásica de los helenos, desde luego, pero también la moderna de los griegos como Cavafis, y aun la de naciones que la Hélade jamás soñó: las alucinaciones portentosas de ciertos alemanes, el desengaño sentencioso de los españoles, y el mestizaje caribeño, que canta en lenguas de Europa con acentos de América y África. Reiterada vuelta al mundo: en el crisol de civilizaciones que es el Caribe (pues Javier España vive y crea en una ciudad minúscula a orillas de ese mar), toda palabra implica un largo recorrido desde continentes lejanos para confluir en la tierra donde habitan los descendientes de viajeros procelosos.<br />
El decurso que emprende el poeta por las heredades del lenguaje se singulariza, ade-más, por el ánimo que lo preside: una fría fiereza que no pretende colonizar sitio alguno, sólo denostar toda posesión, todo afincamiento en falsas persuasiones. Testimonio de expatriado por voluntad propia, cumple una de las condenas más difíciles: desterrarse sin partir, replegarse hacia el interior hasta hallarse homeless. Y sin embargo, el poeta que nos habla en esta obra es el inevitable morador de un paraíso perdido en un incendio, bajo la forma de una biblioteca.<br />
Itinerario de un rudo explorador de los abismos cotidianos, estos poemas sangran y supuran malandanzas, descarríos, desahucios. Fueron meticulosamente dispuestos pa-<br />
ra señalar una enajenación de cuanto quisiéramos inscribir como propio del ciudadano. En esta bitácora surge uno de los más amargos catálogos del hombre liberado de todo, hasta del respeto por sí mismo. Y sin embargo, allá en el fondo de su experiencia brilla la fama de Alejandría&#8230;<br />
El mapa de este recorrido minuciosamente trazado con palabras, con lamentos burlones, con injurias autoinfligidas que se extienden a la humanidad, implica una defensa mediante la propia aniquilación. Guardián paradójico de su dignidad asediada por minúsculos oprobios, el poeta se aniquila con su escudo por excelencia: el lenguaje.</p>
<p>*</p>
<p>De las defensas que pueden invocarse contra la realidad, el lenguaje es de las menos eficaces y, sin embargo, una de las más socorridas. Acaso porque el lenguaje permite reconocer en el otro, en los otros, la condición falible del ser humano. Acaso porque las experiencias fallidas sólo pueden transmitirse por mediación del lenguaje, no para corregirlas o evitarlas, sino para constatar su condición de patrimonio común —condena para todos.<br />
¿Hacia qué ámbito de la experiencia humana volver la mirada —o el paladar— a fin de ahorrarse este amargo manjar, el menoscabo? Ciertamente, el ámbito de la historia no es el recomendable para degustar victorias, pese a las múltiples que prodigan los libros del género. Toda crónica de pretéritas ráfagas de logros, con el paso de los años y la narrativa, deviene presentes sucesiones de difuntos, es decir, quebranto, deterioro, merma.<br />
Sin embargo, la historia signa el espléndido despliegue de lenguaje que Javier España ha transmutado en revelación; esto implica la ineficaz pero obstinada defensa contra un ciclo de calamidades que nombramos nuestro tiempo; espacio temporal, también, de los otros, de los ausentes en quienes hallamos confirmación de un destino común.<br />
Sobre la tierra de los muertos, entre los libros más recientes de Javier España (pues trabaja en varios al mismo tiempo), pareciera a primera vista una vuelta a los símbolos en que el poeta se mueve con soltura porque los ha frecuentado durante su tenaz lucha con el ángel, pues esto es la poesía: un combate con las posibilidades y las potencias sagradas del lenguaje para cifrar la existencia en una serie de vocablos. Sin embargo, la recurrencia de los símbolos usuales en este creador implica, en este volumen, una puesta en evidencia de los fundamentos de su poética.<br />
En Sobre la tierra de los muertos, los signos y señales que fueron sostenidos como cualidad en libros precedentes —la lluvia, el fuego, la otredad, la introspección—, son sistemáticamente demolidos por el poeta, con base en un complejo sistema de referencias que lleva rememorar otros poemas suyos, además de las constantes alusiones a otros poetas. No es casual su tema de inicio: la biblioteca de Alejandría, el ejemplo culminante de que el conocimiento y la historia humanas —con sus edificaciones fastuosas, sus sistemas y registros meticulosos— resultan, como diría el Eclesiastés, vanidad de vanidades.1 Al volver la mirada hacia esa legendaria institución que cobijó tanta ciencia, tanto sueño y tal poderío, el observador encuentra, ya no ruinas, sino algo mucho menor, el puro regusto de lo devastado.<br />
En tal paisaje, compuesto por una sucesión de estragos, surge el protagonista de esta diatriba poética: un individuo que se desvinculó de la sociedad para llevar la vida del vagabundo, aunque sin la docilidad del paria; este personaje es un sabio amargo, absolutamente desencantado, que reconsidera la historia como un decurso de miasmas, y la expone sin cuidarse de matices. La voz pudiera ser de la Holderlin, poeta enloquecido que se tituló a sí mismo «bibliotecario magno», como símbolo de que la erudición nada puede contra algún resorte irracional que dispara el infortunio. O acaso el hablante que se atormenta a sí mismo es la evocación del diplomático Alexis Léger-Léger, quien demandó la guerra mundial cuando pudo conjurarla, y que años después buscaría redimirse en su personificación de Saint-John Perse, con la espléndida consideración poética de mares que son amargura, pero también marcas en la historia. Con estas presencias canónicas, se invisten los poemas de Javier España para resplandecer en un entorno concebido como la comunidad del albañal. En esa figuración, hay reminiscencias de la rabia de otro poeta mayor caribeño, Aymé Césaire, y en la conciencia histórica asoma asimismo el ejemplo de Derek Walcott, para confrontarse con la poética de un mexicano del Caribe que por primera vez puede reclamar igualdad ante esas voces con su desgarrado clamor propio.<br />
Raras son las obras capaces de sostener una difamación contra la humanidad sin convertirse en mero vómito. Piensen, por ejemplo, en el misántropo Swift y en el curioso destino de su Lemuel Gulliver, concebido como denigración de la humanidad, pero albergado en las bibliotecas, al cabo de muchas tergiversaciones, como aventura para infantes. Difícilmente el libro de Javier España recorra el camino que va del terrorismo verbal al ensueño; su entramado tan complejo como virulento fuerza al lector a nunca perder de vista por qué fue compuesto este alegato:<br />
<em><br />
Acaricio en secreto mi última moneda/encontrada en la prehistoria del fracaso interminable;desahogo mi vejiga traicionera/ante la desatención de un puñado de público ebrio/que observa cómo dos hombres en riña se rompen la madre./No soy testigo de la razón ni de la fe./Otros ácidos vienen y van;/devoto del éter, vuelo./Otra muerte inaugura el día<br />
</em><br />
El veneno que concentra este lenguaje ejerce las funciones de antídoto. Después  de apurarlo es posible resistir los minúsculos desastres que se acumulan con los días, porque su contenido proviene de la destilación de interminables catástrofes. La sabiduría que el poeta adquiere y comparte es acre, pero saludable. Acaso más saludable de lo que quisiéramos, como aquel otro antídoto que frecuentaba Mitrídates y que, en el momento decisivo, le impidió morir aunque el astuto monarca ansiaba extinguirse.<br />
<em><br />
Entre dioses y moscas hemos vivido toda la vida.Con matamoscas y matadioses hemos sobrevivido toda la muerte./¡Qué desperdicio de furias y soledades!</em></p>
<p>Este despliegue de ignominias puede transitarse porque está diestramente entretejido con reminiscencias de una esplendidez: la de la ciencia y la imaginación que contuvo algún día la biblioteca más famosa del mundo. Por sus corredores de palabras desfilan los bibliotecarios magníficos y los investigadores geniales: Dionisio de Tracia, Apolonio de Pérgamo, Demetrio de Falera, Zenódoto, Hiparco. Nombres que no se desvanecen porque alguna vez fulguraron con el fuego de la sagacidad. Y en torno a ellos resplandecen aún más las figuras de Euclides, geómetra, e Hipatia, astrónoma perseguida y asesinada por cristianos fanáticos. Contra la fugacidad de la vida humana, el emblema de los astros es sostenido en estas páginas como signo de invulnerabilidad, de constancia. Claro, esta invocación a la magnificencia del cosmos no desvanece el acíbar con que Javier España ha consolidado su libro, pues, como dice Steiner, «Esperar contra toda esperanza» es una expresión vigorosa pero en última instancia condenatoria de la sombra que arroja el pensamiento sobre la consecuencia. Las sombras de la biblioteca y del faro maravilloso se proyectan sobre la miseria humana pero no la remedian ni la esconden: la hacen tolerable, tan sólo.<br />
Finalmente, entre las certeras invectivas que este volumen prodiga, complace hallar una condena al facilismo de cierta «lírica coloquial» que durante muchos años hizo falta en autores mexicanos. Javier España al fin ha logrado formular una justa sentencia a la favorecida trivialidad, con elegante cólera:<br />
<em><br />
Estos verseros de la mierda lúcida,/mercenarios onanistas que pretenden/«cantar el dolor del mundo»/y sólo pueden escribir con un dedo metido en el culo,/se van retorciendo y pareciendo a sus (falsos) bastones,/a su retórica de relámpagos ensayados en su espejo/de trágicas niñas quiceañeras,/que engullen historias, templos,/frágiles victorias de las palabras./Algunos llaman, a este lloriqueo, simplemente oficio.</em></p>
<p>Así que al beber este vitriolo poético para curarnos de tanta mala escritura que puebla nuestra existencia en México, sólo cabe exclamar, ante el empuje de tal incendio literario, un jubiloso brindis por la llegada a puerto de esta poesía en llamas.</p>
<p>::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::</p>
<h6>1 	He observado todas las obras que se hacen debajo del sol, y he aquí que todo ello es vanidad y aflicción de espíritu, dijo el pesimista autor bíblico. Muchas reminiscencias de ese desengaño suscita la poesía de Javier España, más la noción de una ausencia absoluta de divinidades.</h6>
<p>:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::</p>
<p><em><br />
</em></p>
<blockquote><p><em><strong> Jorge Pech Casanova </strong><br />
Yucatán, 1966. Autor de los libros de poesía Noticias del vencido (1994) y El viaje en plenitud (2007), y de los volúmenes de ensayo La sabiduría de la emoción (1998) y En tiempos de penuria (2005); coautor del libro de fotografía y ensayos Memorial de agravios. Oaxaca, México, 2006 (Marabú Ediciones, 2008). Miembro del consejo editorial de Luna Zeta. </em></p></blockquote>
<p><em> </em></p>
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		<title>&#8220;La dama del kimono&#8221; por Fernando Solana Olivares</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 15:12:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La dama del kimono morado que Italo Calvino vio en Tokio se me presenta ante los ojos. Mundo extraño —el dictum es verdad: el misterio está en lo visible, que percibe el cuerpo, y no en lo invisible, que atisba o construye la razón. Antes habían desfilado otras muestras de esa extrañeza. Por ejemplo, las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La dama del kimono morado que Italo Calvino vio en Tokio se me presenta ante los ojos. Mundo extraño —el dictum es verdad: el misterio está en lo visible, que percibe el cuerpo, y no en lo invisible, que atisba o construye la razón. Antes habían desfilado otras muestras de esa extrañeza. Por ejemplo, las tarjetas de presentación, que en Japón son un imperativo existencial: tengo (entrego) tarjeta, luego existo porque recibo otras que corroboran que soy.</p>
<p>La dama hace caravanas y al fondo tiene una vidriera que deja ver un estanque de carpas coloridas. El húmedo calor del ambiente no perturba a los peces pero eleva unos hilillos vaporosos que sirven de contrapunto natural a la controlada belleza del horizonte que ofrece a sus huéspedes el hotel de Tokio con sus jardines de agua. Tan corteses como las profundas caravanas japonesas de la señora del kimono morado que camina a saltitos y genuflexiona desde su corta estatura. Imposible responderse quién es, sólo puede verse lo que hace. Como las lindas jovencitas robóticas de las tiendas que ofrecen a quien entra una inclinación sonriente y una narcotizada cantinela de bienvenida mientras miran al vacío y se desprograman si se les habla.</p>
<p>Sociedad ritual y jerárquica, hipócrita pero cortés. Los árboles de la zona financiera están etiquetados todos, erectos mediante sostenes y muchos de ellos vendados del tronco y las ramas. Indago la razón con mi guía, Miyamoto-san, un inteligente hombre joven. La cubierta es para el invierno, me explica. Le contesto que estamos en verano, y se echa a reír. Ya me contarán después que son árboles recién transplantados. Contestaré que son demasiado grandes y que los he visto en toda la ciudad. También se echarán a reír.</p>
<p>Los pintores occidentales resolvieron el problema de la representación de interiores quitando una pared y mostrando la habitación abierta. Antes de ellos, los pintores japoneses del siglo XII habían suprimido el techo de la escena para plasmar su interior. Un modo indirecto pero más completo de percepción, como el que se muestra en Ginza, barrio pleno de anuncios luminosos y televisores gigantes en los muros de cristal y acero de los altos edificios, cuando la fauna urbana nocturna pasea por Tokio que ahora se alumbra con eléctricas imágenes cambiantes y uno de los mercados más ávidos del monetarismo planetario, el de los adolescentes, sale a mostrarse y a consumir. Sus odaliscas lujuriosas lucen anoréxicas, llevan zapatos de grandes plataformas o tacones, el cabello teñido de rubio y un celular en el oído desde el que no cesan de parlotear. Ellos son como ellas.</p>
<p>La colmena voraz se forma de otros vectores múltiples, un arco iris de neón: por separado caminan los mendigos, cubiertos con bolsas de marcas legendarias, y las lolitas bobas, delgadas y etéreas revolotean a su lado antes de su regreso a casa, cuando trastabillarán de madrugada por la impecable escalera del metro mientras una rata veloz la cruza y se harán un ovillo vidrioso en el vagón, exhaustas del éxtasis de cualquier droga de diseño. Negros vociferantes en el violento calor pegajoso de la medianoche adicta, vagabundos del dharma que se asoman desde sus efímeras viviendas de cartón en la esquina de un paso de todos que hasta ahora respetan los escasos centímetros del harapiento barbón, quizá un sabio zen, un loco de Dios o un marginado. Y señoras vestidas a la antigua que caminan atentas a cosas que sólo ellas parecen ver, cosas más allá del esplendor de artificio y energía inútil de la calle devorada en sus mismos gestos a su alta velocidad.</p>
<p>Miyamoto-san es concreto: ochenta por ciento de los alimentos que Japón consume se importan, noventa y nueve por ciento de sus energéticos lo mismo. Estamos sentados a una mesa donde en un caldero se cuecen carne y verduras: shabu-shabu, onomatopeya del ruido y el tiempo de la cocción en la olla, donde hay demasiada carne, demasiada espuma de carne, demasiada gente que come de ella. La prisa determina a esta sociedad postindustrial, ordenada, mecánica, que come y compra a todas horas. Algo es triste aquí, ¿qué será? Miyamoto-san sonríe ante la observación, como siempre. Después su entusiasmo crece comedidamente: me explica que el pequeño y colorido teléfono celular que usa sin cesar ya no le interesa porque está esperando comprar el de la próxima temporada.</p>
<p>En Los doce escalones de Kioto, restaurante centenario en el barrio prohibido, ocurre una cena. Muy pocos entran al sitio, durante generaciones los dueños sólo han recibido a sus cercanos. La anfitriona sirve a los comensales sentados al piso un banquete de platillos disfrazados, metáforas comestibles de atractivo aspecto: primer paso de su refinado sabor. La carne es un delgado filete marmoleado que se deshace en la boca. Miyamoto-san envidia mi suerte con mucha cortesía. Ríe cuando le digo que en el lugar de la cena un mongol había inventado el plato nacional cincuenta años atrás. Ríe otra vez cuando dice ser budista lo mismo que shintoísta y querer casarse al estilo occidental, según la moda de estos días en Japón. Los ideogramas concitan la ansiedad de lo que no se entiende.</p>
<p>Con tanto estrépito surgen los órdenes invisibles. De algún modo sutil así se organiza al amanecer la subasta de grandes atunes en uno de los mercados de Tokio. Un hombre se para en un cajón y danza sobre él mientras grita, gesticula y dirige la puja de los compradores que tiene delante. Tres, cuatro minutos pasan y cada pieza es asignada. Los comerciantes se las llevan en carros estrechos que dan la vuelta sobre su eje para poder transitar por las laberínticas naves donde se compran y venden productos de todos los mares del planeta. Materialismo inclemente, dureza vital, competencia ciega, imperio de la necesidad inducida, capitalismo. No le importa mucho a Miyamoto-san polemizar conmigo. Le parece que hago metafísica y sonríe. Luego se inclina.</p>
<p>Japón ocupa un espacio vital mínimo. De esa restricción se originan sus afanes expansionistas y su agrimensura. No hay tierra sin cultivar ni árbol sin cuidados. Por eso sus jardineros han inventado el arte de la restricción. Podan todo el tiempo y de ese modo escriben el jardín o los campos de cultivo, calculados e intervenidos en todos sus detalles. Poética de lo pequeño: el bonsai, un sembradío de arroz o la pantalla minúscula en la cual mi guía recibe múltiples mensajes electrónicos sin perder la compostura.</p>
<p>Ahora la dama del kimono se aleja con sus brinquitos de ave. Será reemplazada por una geisha falsa e histriónica, cuya oferta consiste en mostrar su dualidad mediante la voz. La solicitan dos ingleses que la tomarán del brazo como acompañante para partir en un taxi con chofer de guantes blancos al volante. El santuario vecino duerme porque abrirá temprano para quienes irán a dar voces y palmadas y a tocar un cascabel para despertar a los dioses. Agua, piedra y madera. El estanque canta detrás de la galería del hotel con su cascada hembra derramándose inclinada en los modales de las mujeres japonesas que caminan mirando al suelo: la docilidad. Le digo a Miyamoto-san que soy un bárbaro en Asia. Sonríe, me hace una caravana y me contesta que sí.</p>
<blockquote><p><em><strong>Fernando Solana Olivares </strong><br />
Ciudad de México, 1954. Autor de las novelas La rueca y el paraíso (1995) y Parisgótica (2002), de los libros de ensayos El budismo (1997) Jardín Conzatti (2001) y 49 movimientos (2008), del libro de cuentos El peso de la esperanza (1996) y del volumen Oaxaca, crónicas sonámbulas (1994). Ha sido director del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca y subdirector del Museo de Arte Moderno de la ciudad de México.</em></p></blockquote>
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		<title>&#8220;Viajeros infrecuentes&#8221; por Eduardo Huchín Sosa</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 15:11:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayo]]></category>

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		<description><![CDATA[Me preocupa pensar que nunca seré un escritor viajero. Antaño, los grandes autores visitaban todo tipo de rincones y nadie sabía de esas estancias salvo que las describieran en sus prosas autobiográficas o hubieran hecho migas con algunos literatos locales (las anécdotas de los poetas menores son como una pared donde autores más grandes que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me preocupa pensar que nunca seré un escritor viajero. Antaño, los grandes autores visitaban todo tipo de rincones y nadie sabía de esas estancias salvo que las describieran en sus prosas autobiográficas o hubieran hecho migas con algunos literatos locales (las anécdotas de los poetas menores son como una pared donde autores más grandes que ellos han escrito «Yo también estuve aquí»). Se trataba de fantasmas que de repente se volvían reales, cuando el escritor nombraba la ciudad en algún texto. Sólo entonces maravillaba que Calvino hubiera visitado Oaxaca o que Max Frisch llegara hasta Campeche.</p>
<p>Todavía hace algunas décadas, los escritores eran seres escurridizos que transitaban ciudades como libros, porque algunos pensaban en sus vidas como en una road movie que terminaría en un hecho trágico. Incluso mis maestros de la facultad se habían embarcado en recorridos inexplicables con destinos simbólicos —la ruta de los itzáes— o habían decidido el último año de la carrera pasar sus crisis de mediana edad en algún país sudamericano. El espíritu del autor nómada latía en ellos, aún así nunca alcanzaran la fama, la fortuna o en todo caso, la buena prosa.</p>
<p>Para mi generación los viajes hubieran parecido más fáciles. En mis tiempos no hay convicciones —ni pecados que exculpar educando a los campesinos de la sierra—, sino apenas suerte en las convocatorias de becas. No hay jornadas de hambre y contingencias, sino hoteles con las comidas incluidas (el menú es algo rígido, pero sin duda nutre más que lo que hay en casa). Nadie acaba al borde de la carretera sin que vaya a rescatarlo alguno de los organizadores (esa encantadora mujer de lentes que nos hizo firmar diez papeles). Pocas cosas pueden suceder entre tanta comodidad. Sin migajas como plato del desayuno o disparos a las afueras del cuarto, los jóvenes escritores hemos desdeñado los peligros del traslado y las ciudades ajenas se han vuelto la consecuencia de escribir libros y no su impulso. Los oficios para pedir permiso en el trabajo son la única literatura de viaje que hemos podido conformar.</p>
<p>Para quienes no corremos riesgos —es decir, para todos aquellos que no abandonaremos las casas de nuestros padres para pedirle asilo a Leonardo Da Jandra— los encuentros de escritores se han vuelto nuestra única posibilidad de aventura. Los coloquios sobre Josefina Vicens (en Tabasco, por supuesto) o las presentaciones en uno de los 106 municipios de Yucatán han motivado en más de una ocasión nuestros escapes. Pendiente nuestro destino del comité de selección de una maestría, hemos cambiado el arte de la fuga por una burocracia del nomadismo.</p>
<p>En esas circunstancias no sorprende que los encuentros de escritores parezcan tan atractivos. Todo encuentro supone un viaje pagado (por eso yo nunca muevo ni un dedo para que se organicen en Campeche) y también contempla todas esas cosas que no haríamos en nuestras propias ciudades: comer sin desembolsar un quinto, convivir con desconocidos, hablar de literatura. Como en los experimentos nucleares, la colisión entre autores puede ocasionar una materia nueva, provechosa y reveladora; no obstante, la mayoría de las veces —al igual que en las pruebas de los aceleradores de partículas— se obtienen ideas que duran apenas un segundo con vida.</p>
<p>Nada más deprimente que cumplir los programas de los encuentros. Son itinerarios que concentran discusiones en teatros centenarios sobre temas igualmente centenarios. Es inútil seguirlos, y cada año los escritores han hecho bien en transgredirlos, en salirse antes, servirse café y galletitas a todas horas, saltarse mesas, o quedarse en cama después de una borrachera que pudo haberles costado la vida. Lo único rescatable de los encuentros es la posibilidad de embarcarse en una ciudad ajena con el riesgo que supone tener que hacerlo junto a otros escritores (que es como intentar leer un libro donde todo mundo tiene algo que comentar).</p>
<p>Los encuentros, todo hay que decirlo, son casi viajes de agencia. Tres o cuatro días en los que cualquier recorrido parece superficial, exceptuando a ciertos náufragos natos que terminan despertando en camas por las que no firmarán salida. De ahí que los lugares perfectos para ser sedes de coloquios sobre literatura son aquellos donde todo son calles, casas y mujeres feas —sólo así parecen mejores los libros—, aunque rara vez los escritores desaprovechan incluso las calles, las casas y las mujeres feas.</p>
<p>Aún no se ha redactado una Guía para viajar con escritores, pero alguien debería de hacerlo. Consejos para no intimar con los nerds y terminar en una librería buscando ediciones descontinuadas de Sergio Pitol (en Veracruz, por supuesto).  Bebidas a evitar y sujetos de los que es razonable mantenerse alejados. Cómo sobrevivir a una manada de universitarios hostiles o las preguntas al aire de un académico intoxicado. Antídotos contra la epidemia de bostezos y el canto de sirenas de los bares karaoke (se sabe que los poetas tienen con frecuencia sueños donde lideran grupos de rock). Para quienes no tenemos emociones fuertes en la vida —y no acostumbramos a unirnos a guerrillas o violar la ley para sentir el delirio de la persecución policíaca—, ésos son los viajes literarios: muchas conversaciones, la cena de 8 a 9, un cargamento de libros editados por el Ayuntamiento que ocupan toda la maleta.</p>
<p>De vuelta a casa qué hay: dos boletos de avión con que comprobar la estancia o el pretexto para un artículo en el periódico. ¿Y la literatura? No lo sé: yo soy un viajero infrecuente, pero sospecho que los auténticos viajes de escritor suceden a horas en que nadie se da cuenta que lo somos.</p>
<blockquote><p><em><strong>Eduardo Huchín Sosa </strong><br />
Campeche, 1979. Es autor del libro ¿Escribes o trabajas? y mantiene el blog: http://tediosfera.blogia.com</em></p></blockquote>
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		<title>Una noche en  Macuspana por Carlos Oliva</title>
		<link>http://www.lunazeta.com/2010/06/una-noche-en-macuspana-por-carlos-oliva/</link>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 14:55:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Llegué hasta ahí para conocer la Constelación del Pejelagarto. Esto no lo supe, sino luego, cuando mi hijo murió.
Ahora vivo en Jonuta, el último lugar antes de los pantanos.
Yo los conozco bien, me he castigado recorriendo los manglares ocultos y buscando los lagartos negros que se come la gente de por aquí. Cuando tomo pox, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Llegué hasta ahí para conocer la Constelación del Pejelagarto. Esto no lo supe, sino luego, cuando mi hijo murió.</p>
<p>Ahora vivo en Jonuta, el último lugar antes de los pantanos.<br />
Yo los conozco bien, me he castigado recorriendo los manglares ocultos y buscando los lagartos negros que se come la gente de por aquí. Cuando tomo pox, me gusta recordar.</p>
<p>Salí un día con una carga de cervezas desde Campeche. En Champotón reventé una llanta, como estaba planeado, y, ahí mismo, rellenaron los neumáticos con la droga. Todo era habitual, nada indicaba algún cambio. Hice la misma ruta. Bajé por la costa desde la carretera número 180. Circulé por un desfiladero similar a la Bahía de James en Canadá, al Golfo de Carpentaria en Australia, a las Penínsulas de Shandong en China y de Yamal en Rusia, al furioso puerto de Liverpool en Inglaterra. Todos los he visto con mis propios ojos, los he recorrido y he sentido que en esos codos de tierra ningún Dios existe. En ellos sólo hay un aire sin demonios, un frío inmarcesible y un horizonte sin destino.</p>
<p>Aquel día aceleré para salir de esos kilómetros irreales. Lo debí intuir cuando detuve el camión y bajé a orinar. Caminé hasta la playa y salté la barda de piedras apiladas que quieren detener el avance del mar. Volví a ver las palmeras muertas, esos cabellos quemados a los que la tierra les impide desplomarse y descansar. El mar, el aire y el sol eran una sola placenta vacía.</p>
<p>Cuando llegué a Ciudad del Carmen, ese puente interminable me volvió a indicar que estaba en el fin del mundo. Las aguas contaminadas y salobres recalaban sobre aquella barra de metal frío. Al conseguir abandonar el puente vi las casas de lámina y madera al pie del puente. ¿Por qué no escapan de ahí?, ¿por qué no se mueren? Nunca he visto desesperanza comparable a la de aquellos los acantilados artificiales. Ni siquiera en las ciudades de frontera, con sus decenas de yonquis que han decidido vivir en el final de un país, he podido ver la soledad inmerecida de los niños que corren bajo los puentes, en medio de aquellos mares de pus.</p>
<p>Volví, como siempre que hacía el viaje, a parar en San Pedro. Y me tranquilizó el inicio de otro paisaje demente. Los pozos petroleros en medio del mar, las lagunas y la noche. Los barcos yendo y viniendo hacia las fuentes ennegrecidas que sacaban las pulpas más pútridas de la tierra. Pero era preferible. El calor empezaba a dominar el aire, la gente usaba ropas ligeras y estaba viva.</p>
<p>En Nueva Creación se pinchó otro neumático, pensé que había sido un accidente y que esto me traería grandes problemas con la droga, pero ni siquiera tuve tiempo de preocuparme, porque las luces altas de un jeep me pusieron sobre aviso de que no se trataba de un accidente. Salté del camión al tiempo que oía las ráfagas de fuego cruzar la noche. Pequeñas luces artificiales que no podrían competir con el fuego de los pozos de petróleo.</p>
<p>Usé mi pistola para robar un auto en el pueblo y con él avancé hasta Macuiltepec. Ahora sabía que no podía regresar ni avanzar. En Villahermosa iba a encontrarme con quien se cercioraría de que todo marchaba bien. Nada estaba bien ya. Hacia atrás del camino, la gente del otro cártel tendría también, no obligación, tan sólo ganas de matarme. Maldije mi suerte y me adentré, a pie, hacia el Este. Esa fue mi primera noche de los pantanos. Todavía hoy siento el mismo miedo inicial; pero ya no regresa envuelto en el pánico que me paralizó, por horas, en un rezo frenético y que me hizo vaciar mi pistola contra algo o alguien que aún hoy no sé qué fue.</p>
<p>Al amanecer, el hambre y los pobladores me ayudaron. Me condujeron a una estación de tren y ahí abordé aquella serpiente irreal. Refugiado entre las pacas de mierda que transportaba esa máquina caduca, llegué a Estación Macuspana. Utilicé mi pistola vacía para robar un auto y un poco de dinero. Y fui a Macuspana.</p>
<p>Compré ropa y me hospedé en un hotel que se apostaba en la entrada de la ciudad. Después de tomar un baño, fui a la carretera para ocultar el auto y abandonarlo. Era demasiado noche para decidir qué hacer, sólo me dejé llevar al pueblo. Entré primero en la Barra 1 y después en la Barra 2. Cantinas baratas, llenas de macuspanos que bebían sin tregua y sin fin. A las doce de la noche, el hermoso poblado iluminado y lleno de vida estaba convertido en un mundo dormido. Crucé la calle de Insurgentes y busqué la plaza central, cuando vi un letrero que me llamó la atención:</p>
<p>«Se vende ropa bonita para mujeres en buen estado.»</p>
<p>Junto al letrero había una dama hermosa, vestía un traje negro que resaltaba sus labios rojos. Caminó rápidamente y entró en la Iris. La seguí. No me sorprendió lo que vi. Una huerta llena de perfumes, juguetes, hamacas, ebrios, mujeres bellas y horribles, plantas. Al cruzar toda esa maleza apareció lo que seguramente fue la sala principal de la casa. Ninguna pared podía respirar, todas estaban sofocadas por figuras de artistas, carteles de películas, mapas, ollas, jarros, botellas de vino y máscaras de luchadores que habían sido ofrendadas a aquel santuario. También había un conjunto de ancianos tocando corridos y polkas y muchas mujeres y hombres bailaban y se reían en un frenesí interno. Sin embargo, todo esto lo reconstruí después, cuando entré sólo estaba ella. Todo lo demás era sombra.</p>
<p>Me enamoré sin demora y sin esperanza. Era la dueña del lugar y esperaba siempre a alguien. No era yo. La casa donde estábamos se la había dejado un hombre llamado Lucio, que tenía como oficio navegar y contrabandear droga. Trabajaba en mi misma vida. Quizá nos habíamos visto antes. Ahora yo tenía su destino. Pero él había llegado primero a Macuspana y eso lo convertía en la cara no borrada de la moneda. La conoció y se quedó aquí hasta que logró enamorarla y la llamó la Reina Roja.</p>
<p>Cuando supe toda la historia me emborraché, fui tras ella y le pedí una oportunidad, una esperanza mínima y contestó soberbia, Ni nadie ni nunca vivirá en mi corazón. Es de él. Le pertenece como me pertenece mi vida.</p>
<p>Pero me invitó una copa y se suavizó, y no le fue indiferente que la tocara. Sonrió. Nos emborrachamos juntos y fuimos a su cuarto y la amé con devoción y no sufrí en cada momento en que me llamó Lucio.</p>
<p>Sólo después, la segunda vez, la golpeé. Fui cobarde y fui traidor. La hice entrar en razón y entendió que yo no era ni quería ser Lucio. Fue cuando sus ojos despertaron y me di cuenta, por primera vez, porque la había llamado la Reina Roja. Me intentó correr y golpear y yo me derrumbé ante la posibilidad de la dicha y no encontré palabras para pedir perdón.</p>
<p>Al tiempo que la forzaba tomó un cuchillo y me abrió la cara y un brazo. Me levanté al tiempo que le gritaba Puta barata.</p>
<p>Entonces, creí que me largaría por siempre.</p>
<p>Comencé a vivir bajo el puente de Ciudad del Carmen. Primero lo hice para esconderme de los asesinos que andarían buscándome. Después ella vino implacable a mis sueños y yo permanecí en esa tumba mientras encontraba fuerzas para regresar.</p>
<p>Cuatro meses después lo hice. La cantina Iris estaba cerrada y ella, me dijeron, no había vuelto a salir de casa. Corría el rumor de que estaba embarazada. La busqué, toqué una y mil veces sus ventanas. Un día casi tiro la puerta, si no es porque la policía llegó por mí. Entonces empecé a vivir en las afueras del pueblo, comiendo lo que encontraba, trabajando en oficios miserables, hasta que un día la fui a buscar y ella deslizó un recado por la puerta. En septiembre nacería mi hijo y entonces podría entrar.</p>
<p>Sólo faltaban dos meses. Cambié por completo. Comencé a trabajar febrilmente, ahorré dinero. Septiembre llegó. La partera me dijo que la vería el día 3 y que yo sería recibido el 10.</p>
<p>Llegué. Con ropa nueva y regalos. Había pasado a tomar unas copas e invité varias rondas en medio de adornos patrios y jolgorios previos. Toqué la puerta y ella abrió. Caminó sin decir nada y se sentó en el centro de la cantina, junto a una mesa donde había una cuna. Me indicó que me acercara pero que no viera al niño. Entonces se paró, fue tras la barra, sacó algo de un cajón y dijo Lucio murió poco tiempo después de que yo te conocí. Sólo de él es mi corazón y mi vida. Toma tu hijo, algún día lo tenía que echar para poder seguir a mi Lucio. Ahí lo buscaré, entre los pantanos. Seremos parte de una constelación.</p>
<p>Al terminar de hablar se llevó un revolver a la boca hasta que chocó con su paladar. Yo temblaba; y cuando descubrí al niño, vi que estaba muerto. Salí con él entre mis brazos, lo enterré en los pantanos, aquí, donde flota la Constelación del Pejelagarto.</p>
<blockquote><p><em><strong>Carlos Oliva </strong><br />
Ciudad de México, 1972. Escritor y ensayista. Obtuvo el premio Nacional de Ensayo Joven «José Vasconcelos» 2001 con Deseo y mirada del laberinto, y el Premio Nacional de Ensayo Literario «José Revueltas» 2003 con La creación de la mirada.</em></p></blockquote>
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		<title>Travesía hasta el límite  de la noche por Rodrigo Pardo Fernández</title>
		<link>http://www.lunazeta.com/2010/06/travesia-hasta-el-limite-de-la-noche-por-rodrigo-pardo-fernandez/</link>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 14:53:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Llego hasta la estación de tren. Son cerca de las once y cuarto de la noche. La calle está vacía. A mis espaldas se aleja el bus. Delante, las ventanas iluminadas de la estación parpadean. Veo mis manos bajo su claridad. Parecieran manchadas de aceite. Aprieto el bolso contra el cuerpo y camino hacia la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Llego hasta la estación de tren. Son cerca de las once y cuarto de la noche. La calle está vacía. A mis espaldas se aleja el bus. Delante, las ventanas iluminadas de la estación parpadean. Veo mis manos bajo su claridad. Parecieran manchadas de aceite. Aprieto el bolso contra el cuerpo y camino hacia la luz.</p>
<p>Cruzo entre cuerpos dormidos. La ventana opaca de la taquilla no permite apreciar el interior. Pido un boleto directo a una ciudad de otra provincia. Una mano de uñas largas, pintadas de morado, me extiende un papel sellado. La dueña de las manos me indica que son sesenta euros. Pago con un billete de cien y hago un recuento mental del dinero que me resta para el viaje. Me alcanzará para un mes, a lo sumo. Quizá sea suficiente. Sonrío.</p>
<p>Mientras guardo el cambio miro alrededor. Luces de neón sucias de polvo, asientos de plástico. Una multitud se extiende en todas direcciones, rodeada por bultos y hatos de diversas formas. Recuerdo el rostro de Verónica, sus ojos abiertos reflejando un resplandor tenue. Camino hacia el andén, sintiendo cómo los vaqueros se pegan a mi piel. La tela se siente acartonada. Tengo frío.</p>
<p>Verónica solía preparar sendos chocolates para pasar las tardes de lluvia. Nos abrigábamos con gruesos jerséis y veíamos el mundo por la ventana. Charlábamos hasta tarde, cuando las luces se encendían a lo largo de las aceras. Ella se ponía entonces de pie y encendía algunas velas, aquí y allá.</p>
<p>Uno de nuestro juegos predilectos consistía en imaginar la vida de quienes, allá abajo, pasaban caminando, ignorantes de nuestro escrutinio. Por lo general Verónica salía triunfadora, inventando tramas novelescas, amores subrepticios, abandonos, llanto, intrigas. Yo la miraba conducir historias en nuevos tejidos vitales, y sonreía. Nuestra intimidad sólo podía verse interrumpida por una llamada telefónica o la visita inesperada de algún amigo en busca de refugio. Entonces Verónica centraba su atención en otra parte, y yo solía inventar alguna excusa para marcharme.</p>
<p>Las vías del tren se vuelven difusas en la oscuridad, más allá de las luces que cuelgan de gruesas cadenas a lo largo del andén. Recuerdo un cuento de Juan José Arreola e imagino que el tren podría no llegar o llevarme a ninguna parte. Sin embargo, la certeza del billete en mi bolsillo permite que regrese a la sala de espera y busque un asiento donde acomodarme. La fila de sillas más cercana a la corriente de aire muestra algunos huecos. Pienso en la calle donde estaba mi hogar, antes de Verónica, en un espacio difuso, por las noches, cuando a vuelta de rueda los autos buscan un espacio para aparcar.</p>
<p>Al entrar al departamento y colgar el abrigo encontraba a Julián sentado en la sala, leyendo un libro o revisando los trabajos de sus alumnos. Su expresión aparentaba indiferencia, pero la rigidez de su actitud traslucía su incomodidad. Le daba un beso en la frente, colgaba el abrigo a la entrada y me dirigía a la cocina a hacer la cena.</p>
<p>Acostumbrábamos sentarnos en el comedor, con todas las luces encendidas. Mientras él colocaba platos y cubiertos yo hacía algún bocadillo, quizá una ensalada. Calentaba café o té, algunas tostadas de pan de caja. Cenábamos conversando de sus clases, los gastos inmediatos, sus proyectos de estudiar una maestría. Andrés encendía el televisor para mirar las noticias y yo recogía la mesa, lavaba los trastes planeando la siguiente jornada. Temprano ir de compras, escribir la nota para el periódico y enviarla a la redacción. Más tarde, si Julián podía, encontrar el tiempo necesario, preparar la comida, asear la casa.</p>
<p>Con frecuencia esperaba que él se retrasara o llamara por teléfono para disculparse, ya que así tenía más tiempo para mis silencios, o bien para asistir a alguno de los cócteles y presentaciones que luego comentaría en mi columna. Era mejor que dar explicaciones o aparentar interés por la conversación de Julián, quien solía quejarse continuamente entre bocado y bocado de su inestable situación como interino, su bajo salario.</p>
<p>Además, de esa manera podía visitar a Verónica camino a casa.</p>
<p>Tras un rato tengo necesidad de orinar. El frío del ambiente, supongo. La pequeña bolsa que llevo al hombro parece no pesar nada, pero contiene cosas que no puedo abandonar. Algo de ropa, mi espejo, un lápiz labial, la cartera, pañuelos desechables; una foto de Verónica. Busco un letrero en la estación que indique los servicios. Los encuentro al fondo, la puerta escondida tras un muro falso. Camino hacia allá, sintiendo cómo el movimiento vuelve urgente la presión en el vientre.</p>
<p>Los servicios son de mosaicos verdes, encuentro un apartado desocupado y me encierro. De alguna manera, quizá por los graffiti, me recuerda el autobús atestado donde conocí por vez primera a Verónica. Ella estaba enfrascada en la lectura de una novela que creí reconocer, escrita por una mujer, y cuando alzó la vista me sorprendió intentado entender algunas líneas. Me disculpé con un poco de embarazo, Verónica sonreía. Resultó que leía regularmente mis colaboraciones en el diario y había mirado mi rostro en algún reportaje gráfico. Ella estudiaba danza en Bellas Artes, cuarto curso. Debí suponerlo por las mallas, la amplia sudadera, el cabello recogido en la nuca con una goma de tela colorida. Vivía cerca. En la siguiente parada podemos bajar y te invito un café, dijo. De acuerdo. Muy bien, qué bueno resulta al fin y al cabo abrir de vez en vez la prensa. Estoy de acuerdo, consentí, y la acompañé hasta su piso en el centro de la ciudad. Conversamos bromeando sobre el mal estado de las calles, el caminar desgarbado de varios muchachos apresurándose para encontrar un bar abierto. Reíamos a cada paso, Verónica se mostraba encantada con mis palabras, y yo me sentía relajada en su compañía.</p>
<p>Julián apenas notó mi aire ausente. Aprovechó el distanciamiento para encerrarse en la suficiencia de profesor universitario, agobiado por el trabajo. Las cenas juntos se tornaron mero trámite, conversaciones aparentes, preguntas y respuestas automáticas.</p>
<p>—Qué tal el trabajo.</p>
<p>—Bien, gracias.</p>
<p>—¿Qué cuentan los estudiantes?</p>
<p>—Es lo de siempre, ya sabes, no les interesa nada.</p>
<p>—¿Has leído mis artículos?</p>
<p>—Claro, me gustaron mucho.</p>
<p>—Gracias (somos extraños, aunque no lo digamos en voz alta).</p>
<p>—(Lo sé, mujer).</p>
<p>En el primer encuentro a ella no pareció importarle la diferencia de edad, así que me permití la libertad de vestirme con una blusa escotada y unos vaqueros, zapatos abiertos. Verónica abrió con un jersey hasta las rodillas, color verde agua, y medias negras. En el recibidor había un revistero con diarios de la semana, y adosado al muro un espejo con marco barroco, dorado. Me dio un beso ligero apenas entrar y cerrar la puerta, muy cerca de los labios.</p>
<p>Fueron muchas tardes, un escape. Otra vida.</p>
<p>Me sonrío, sola, recordando. Frente al espejo del servicio de la estación de trenes mi apariencia es desaliñada. El cabello escapa de los broches, la gruesa chamarra desdibuja mi figura. El agua del grifo está helada, mojo mi rostro. Miro de nuevo el espejo. No he despertado, sigo aquí. Salgo a la sala de espera y me ubico de nueva cuenta cerca de la puerta abierta. Me permite sentir que puedo escapar en cualquier momento. Que esta decisión, este estar aquí tiene sentido.</p>
<p>Verónica me miraba como si todo lo que yo representaba le fuera ajeno, pero a un tiempo necesario. Para entenderse o entenderme, no lo sé. Yo la percibía como la chica que nunca fui, que nunca seré. Viviendo su vida. Sola. Ajena a los otros, a dependencias y costumbres de la cotidianidad. Solía mofarme de su indiferencia ante los compromisos, su abierto rechazo de la familia como institución. Me miraba entonces con cierta ironía, hablaba de la realización personal, de que sólo tenemos una vida. Le creí, y aún le creo.</p>
<p>Siento el ambiente frío, el aire que corre entre las columnas y los pasajeros que esperan el arribo del próximo tren. Pienso en los días, la suma de palabras en el vacío y cafés que perdieron su aroma que hicieron que al fin Verónica se mostrara distraída mientras mirábamos una película, o comíamos un pedazo de tarta, sentadas una frente a la otra en los sillones de su sala. Quizá no la entendí, no tomé la iniciativa que volviera tangible su deseo, o el mío. Las últimas tardes en que la llamaba para vernos solía poner algún pretexto, o la encontraba con una de sus compañeras de la academia haciendo ejercicio, repasando secuencias a partir de anotaciones cifradas en su libreta de pastas azules.</p>
<p>Llegué a su casa y toqué el timbre. Nadie me abrió la puerta. El silencio. Esperé cerca de media hora su regreso, pero al fin miré el cielo nublado, la calle y el viento entre los transeúntes. Estaba sola, de nueva cuenta. Su ausencia era un claro anuncio, la despedida perfecta. Caminé el largo trecho a casa, bajo un frío intenso que me obligaba a abrazarme con fuerza a pesar de la rebeca, el cabello suelto sobre los hombros. Sobre las aceras se arremolinaban las hojas caídas, algún papel caído de la carpeta descuidada de un estudiante.</p>
<p>Julián me esperaba en la cocina, bebiendo un café. Apoyaba las dos manos sobre la barra, y miraba la taza con detenimiento. Hice un esfuerzo por aparentar interés.</p>
<p>—¿De dónde vienes?</p>
<p>—Hola. ¿Perdón?</p>
<p>—Que qué hacías.</p>
<p>—Fui a ver a Verónica.</p>
<p>—Eso pensé. Parece que ella es más importante que yo.</p>
<p>—No digas tonterías.</p>
<p>—Más importante que nosotros.</p>
<p>—Buen punto: ¿cuál nosotros? ¿De quiénes hablas?</p>
<p>—No seas tonta, de nuestra relación.</p>
<p>—No lo soy, pero ya no recuerdo qué significa hablar de nosotros.</p>
<p>—Eres desesperante, con esas ínfulas que te das desde que colaboras en ese periodicucho.</p>
<p>—En algún momento pensé que te gustaba que escribiera&#8230;</p>
<p>—Nunca lo has hecho bien.</p>
<p>—¿Eso crees?</p>
<p>—Sí.</p>
<p>—Imbécil.</p>
<p>—Estúpida, y ahora además resulta que no te gustan los hombres.</p>
<p>—Quizá. No lo sé. Pero es algo que debí pensar hace tiempo. Y no te importa.</p>
<p>—Cómo no, eres mi esposa.</p>
<p>—Ya no.</p>
<p>Fui hasta el dormitorio antes de que pudiera responderme. Metí unas blusas y mudas de ropa interior en un bolso de mano, artículos de tocador, mi cartera y el libro de un hombre que escribía cartas a sus hijos desde el corazón de la selva. Me acosté sobre la cama sin deshacerla y me quedé dormida.</p>
<p>Al día siguiente Julián me miró sin reconocerme. Era la tarde entrando como rayos de sol a través de la ventana. Sentada en el sofá, las manos cruzadas sobre el regazo, lo vi como una bestia, en un claro del bosque, sorprendida por un árbol en el que no había reparado antes, ahora desgajado, otro.</p>
<p>—(Me marcho) —repetí para mis adentros, y eran dos palabras contenidas, que guardaban dentro de sí un significado que latía en la habitación, rodeando mi cuerpo y a Julián, de pie en el quicio de la puerta que da al comedor.</p>
<p>—(Estás loca) —pensó y se dio la vuelta hacia la cocina, abrió el refrigerador, lo pensó mejor, lo cerró y subió las escaleras hasta el estudio. Escuché que corría el pasador de la puerta.</p>
<p>—Aquí estoy —me dije en un susurro para confirmar la sensación de la tela tersa de los cojines, la lana rozando mis brazos, como una caricia ansiada.</p>
<p>El sol fue declinando con el paso de los minutos, como si los lazos que me unían a esa casa, a ese espacio habitado por nosotros se fueran desdibujando con el avance de las sombras en los muros. Comencé a sentir un poco de frío, me abracé los hombros y seguí sin moverme, de cara a la ventana. Algunas farolas comenzaron a encenderse en el horizonte, como los ojos de la ciudad mirando la noche. Me puse en pie y subí despacio los escalones, llegué hasta el dormitorio siguiendo con las yemas de los dedos los accidentes de la barandilla.</p>
<p>Encendí la luz. A un lado de la cama estaban un par de maletas pequeñas, mi bolso, y la certeza de la partida. Me sentí desencantada, débil ante la perspectiva de una mañana en soledad. Entonces miré la mesilla de noche de Julián, su despertador, su lámpara con pantalla de papel, nuestra foto del viaje de novios, y recordé que había estado sola los últimos años, pero que había tardado en comprenderlo.</p>
<p>Tomé las maletas y salí a la calle. Desde la acera, alejándome con pasos ciertos bajo la luz difusa de los halógenos, vi la ventana iluminada del estudio, abierta. Miré hacia arriba, a la noche, y sólo percibí oscuridad. Desde alguna parte, hacia el norte, me llegó el sonido de un motor acelerando en la carretera, alejándose sin remedio. A mi alrededor la gente comienza a ponerse de pie, reúne sus bultos y cajas embaladas, se acerca al andén. Miro el reloj. Son casi las doce. Camino afuera, bajo las islas de luz.</p>
<p>A la derecha, desde la oscuridad de la noche, se escucha el arribo del tren.</p>
<blockquote><p><em><strong>Rodrigo Pardo Fernández:</strong> Oaxaca. Narrador y ensayista. Realiza su doctorado en Teoría Literaria en la Universidad de Granada, España. En los Premios a la Creación Artística y Científica para Estudiantes Universitarios de la Universidad de Granada, fue reconocido en 2006 en la modalidad de teatro.</em></p></blockquote>
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		<title>La señora Velásquez por Tryno Maldonado</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 14:49:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Cualquiera que llegara a conocer a la señora Velásquez podría jurar que se trataba de un ama de casa mediana y sin ambiciones más grandes que mantener limpio su hogar y tener la comida caliente y a tiempo para su marido y su hijo de ocho años. Y quien asegurara eso no se estaría equivocando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cualquiera que llegara a conocer a la señora Velásquez podría jurar que se trataba de un ama de casa mediana y sin ambiciones más grandes que mantener limpio su hogar y tener la comida caliente y a tiempo para su marido y su hijo de ocho años. Y quien asegurara eso no se estaría equivocando en absoluto. La señora Velásquez era, en efecto, un ama de casa que mantenía limpio su hogar y que tenía la comida caliente y a tiempo para su marido y su hijo de ocho años. Así era la señora Velásquez.</p>
<p>En sus ratos libres, a la señora Velásquez le gustaba subirse a su coche modelo sedán, poner la radio y manejar por la carretera suburbana hasta uno de los miradores más altos de la región para quedarse ahí observando el horizonte sin hacer absolutamente nada más que fumar un cigarro alguna vez. La señora Velásquez jamás se había terminado una sola cajetilla. Cuando llegaba la hora de preparar la cena para su familia, la señora Velásquez subía a su coche de nuevo y regresaba con el tiempo medido para retomar su papel de perfecta ama de casa.</p>
<p>Pero decir eso es decir nada. El pasatiempo mayor de la señora Velásquez, aquello en que de veras concentraba toda su pasión y el caudal de sus impulsos mejor ocultos, era otro de un registro muy diferente. La señora Velásquez era una experta cazadora de león negro.</p>
<p>Podría decirse que la señora Velásquez era feliz. Ella misma lo decía cada que se presentaba la ocasión. Amaba como a nada en este mundo a su marido y a su hijo. Ni por error, en todos los años que tenía el matrimonio, se le habría ocurrido engañarlo o abjurar de su condición de ama de casa. La señora Velásquez de veras era feliz y nada le hacía falta.</p>
<p>En cierta ocasión la señora Velásquez recibió la noticia de que una tía había muerto. La señora Velásquez lloró con el teléfono pegado al oído para que su esposo e hijo se dieran cuenta de lo profundo de su tristeza. Lo cierto es que del otro lado de la línea no había nadie y que todas las tías de la señora Velásquez habían muerto hacía mucho.</p>
<p>El marido de la señora Velásquez le dijo que no se preocupara por la casa, que por qué no viajaba hasta la ciudad de su tía para estar en los funerales y de paso aprovechaba para estar una semana con los suyos. La señora Velásquez se negó en un principio, pero su marido insistió. Así fue que la señora Velásquez empacó sus cosas de inmediato, abrazó a su esposo y luego se hincó para besar a su hijo de ocho años. El niño la sujetó fuerte por los hombros y le musitó esto al oído: «Mamá, quiero que me traigas un colmillo de león negro para ponerlo en una cadena, por favor». La señora Velásquez se quedó vuelta de piedra. No dijo nada. Besó al niño en la frente esperando que su marido no lo hubiera escuchado y se marchó.</p>
<p>Nadie, ni siquiera su esposo, estaba al tanto de su afición por la cacería. La señora Velásquez mantenía en secreto una cuenta de ahorros destinada a financiar las caras excursiones a Namibia. La señora Velásquez era laboriosa y dedicada. Eventualmente y en secreto solía auto-emplearse haciendo manualidades o cocinando banquetes tradicionales por pedido en su casa. De aquí y de allá rascaba del gasto diario con el tesón de una hormiga para hacer crecer su fondo oculto. Cada cuatro años, en el mes más alto de la temporada del león negro, la señora Velásquez reunía el dinero necesario para volar hasta África y cumplir sus deseos más apasionados.</p>
<p>Cuando la señora Velásquez llegó finalmente a Namibia, un grupo de mujeres locales la recibió en el aeropuerto con familiaridad. Hubo abrazos y todo. Habían pasado cuatro largos años des de la última vez. Aunque no era de lo que puede llamarse un temperamento sociable, la señora Velásquez era de trato fácil y siempre le caía bien a la gente que la trataba. Las mujeres africanas le ayudaron con sus maletas y la condujeron hasta un oscuro guardarropa del aeropuerto. La señora Velásquez sacó una vieja llave del bolso para abrir un compartimento con el mismo número. El número era el 234. La señora Velásquez no era lo que suele llamarse supersticiosa, pero aquel número le gustaba. Del interior sacó un enorme estuche que contenía una escopeta de alto poder. La llamaba Wynona. No era que el nombre le gustara demasiado, incluso le parecía excéntrico, pero cuando la compró era lo que venía grabado en la culata.</p>
<p>A la señora Velásquez le gustaba cazar únicamente leones negros. El problema con ese tipo de presas era que no podía regresar a casa con sus trofeos. De sólo imaginar el grito que pondrían por los aires su marido y su hijo al verla entrar cargando una cabeza monstruosa, la llenaba a ella misma de terror. Como sus ahorros terminaban sin variedad siendo insuficientes, sus trofeos los repartía como pago entre las mujeres locales que la acompañaban de safari. Y vaya que la señora Velásquez había conseguido trofeos en su vida.</p>
<p>Cuando las mujeres locales que le servirían de guía tuvieron lista la caravana para emprender la excursión en busca del león negro, la señora Velásquez fue advertida de algo. «Querida señora Velásquez, antes que continuemos debemos decirle que la de este año ha sido la peor temporada de caza para el león negro de la que hayamos tenido noticia, la peor temporada de la historia. Nadie ha visto uno solo». A la señora Velásquez le sorprendió la sinceridad de esta confesión. Decidió agradecer la honestidad de las mujeres proponiéndoles lo siguiente. Pasara lo que pasara, matara o no mataran leones, ella se comprometía a pagar los cinco días de safari como en cada ocasión. Ni un centavo más, ni un centavo menos. Las mujeres locales abrazaron a la señora Velásquez y dijeron que la seguirían hasta dar con el más exquisito de los leones negros que sus ojos hubieran visto jamás, hasta el fin del mundo si era necesario.</p>
<p>El safari fue tal como se lo anunciaron a la señora Velásquez. Durante los primeros tres días no vieron más que polvo en toda la sabana. Al quinto y último día, lo más que habían conseguido avistar era un piquete de tristes suricatas que se atravesó en el camino de uno de los jeeps. Las mujeres que le servían de guía a la señora Velásquez estaban visiblemente fastidiadas. Ella les pedía un poco más de paciencia y les recordaba cada tanto su promesa. Pero ellas, que eran locales, no comprendían del todo la necedad de la señora Velásquez ante las pruebas irrefutables que le ofrecía la sabana. El león negro estaba extinto.</p>
<p>La última tarde en el campamento que levantaban cada día, la señora Velásquez hizo una última oferta. «Sé que ha sido una temporada mala para ustedes y sus familias. No pienso arri-esgarlas porque las considero mis hermanas. Pero si ustedes aceptan entrar conmigo en lo más profundo de la sabana en los tres días que vienen, yo podría pagarles lo doble a cada una para ayudar a sus familias». En un inicio la oferta ofendió a las mujeres, que tenían en tan buena estima a la señora Velásquez. Jamás le habían visto ese brillo en los ojos. Pero al final aceptaron continuar el safari más por lástima que por el dinero.</p>
<p>Lo cierto es que la señora Velásquez estaba irreconocible. Durante los siguientes tres días no dijo palabra. Durante las excursiones permanecía sentada en el cofre del jeep con los binoculares pegados a la cara y el rifle listo a la espalda. Su buen humor había desaparecido, y con él el de sus compañeras de caza.</p>
<p>Era de tarde cuando se cumplió el plazo acordado. La señora Velásquez, con todo el pesar el mundo, comenzó a levantar las cosas del campamento y a hacer su equipaje. Dio la orden a las demás mujeres de que hicieran lo mismo para volver a la aldea con las manos vacías. Y entonces fue que ocurrió. Una de las guías había ido a vaciar el intestino detrás de los matorrales cercanos a un descampado. Así es que cuando la vieron regresar corriendo, agitando los brazos y gritando desesperada, creyeron que había sido atacada por un animal salvaje. A lo lejos nadie comprendía lo que gritaba con tanta insistencia. Fue hasta que estuvo más cerca que sus compañeras la alcanzaron a escuchar. «¡Macambá! ¡Macambá!», era lo que decía la chica. «¡Acabo de ver a uno de los cuatro grandes de África!» La señora Velásquez no terminó de entender a qué se refería la muchacha. Cuando se lo tradujeron al fin, no esperó un segundo para salir corriendo a buscar dónde había metido el estuche con su rifle. En tres movimientos lo tuvo ensamblado y cargado. Sin escuchar las advertencias de las mujeres locales que intentaron persuadirla por todos los medios, la señora Velásquez fue corriendo hasta el punto que había señalado la chica.</p>
<p>No fue necesario correr demasiado para tenerlo cerca. Ahí estaba. El ejemplar de león negro más hermoso y grande que la señora Velásquez hubiera visto en todos sus años de cazadora. Era una imagen que estremecía y que erizaba la piel. Cuando puso el rifle en posición, sintió cómo una descarga de adrenalina recorría todos sus músculos. Pero cuando observó con detalle a través de la mirilla, pudo constatar lo siguiente. El macho alfa de león negro había ido hasta lo más profundo de la sabana a morir. Era joven y fuerte, pero a la altura del abdomen tenía una herida aparatosa por donde se le escapaba rápido la vida. Estaba postrado y sin poder mover más que la cabeza, y de alguna forma parecía estarle pidiendo a la señora Velásquez que se acercara, que tenía algo que decirle, algo muy importante que comunicarle antes de morir.</p>
<p>Cuando las mujeres locales le dieron alcance a la señora Velásquez, ya era tarde. Lo que vieron las dejó de una pieza. Su amiga estaba recostada junto al cuerpo moribundo del gran macambá. Ella peinaba la frondosa melena negra con una mano y mantenía el oído muy cerca del hocico, como si estuviera escuchándolo decir algo. A las mujeres les pareció un suicidio. Que el animal estuviera agonizando no significaba que quedaran eliminadas las posibilidades de un ataque letal. Muy por el contrario. Eran esos, lo sabían, los peores de todos. Las historias populares sobre los ataques mortíferos de león en sus últimos minutos eran aterradoras.</p>
<p>Dos de las mujeres prepararon sus rifles desde la distancia. Una apuntó a la cabeza del león. Otra, justo al pecho. Cuando estaban a punto de jalar el gatillo, la señora Velásquez se interpuso entre ellas y el macambá. Se incorporó y alzó los brazos en cruz, caminando hacia ellas. «¡No!» era todo lo que podía decir una y otra vez. La señora Velásquez temblaba sin control y no paraba de llorar.</p>
<p>Ese mismo día la señora Velásquez tomó el primer vuelo hacia su país. Con muchos contratiempos consiguió estar de vuelta.</p>
<p>Cuando la señora Velásquez llegó a su casa era de mañana. Su esposo había salido muy temprano al trabajo y su hijo a la escuela. Sin haberse quitado siquiera las botas de safari, la señora Velásquez vio el reloj y puso manos a la obra. Ordenó su cocina, reunió todos los ingredientes necesarios y dedico la mañana entera a preparar sus mejores platillos para su familia.</p>
<p>El esposo y el hijo de la señora Velásquez esperaban que ella volviera de los funerales de su tía hasta dentro de una semana más. Quizá por eso les extrañó ver la mesa servida cuando estuvieron de regreso en la casa. El señor Velásquez y su hijo se quedaron boquiabiertos por el esmero con que había sido puesto el servicio. No se atrevían a respirar para no arruinar nada. La comida estaba caliente. Las fuentes olían y se veían deliciosas, pero no se animaban a tocar ni a mover un milímetro lo que había en la mesa. Comenzaron a llamar a la señora Velásquez, pero ésta no aparecía por ningún lado. Buscaron en las habitaciones, en el baño, en el cuarto de servicio, en el jardín, pero nada. La señora Velásquez había desaparecido. Ni su marido ni su hijo ni nadie más volvió a saber de ella desde ese día.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong><br />
</strong></p>
<blockquote><p><em><strong>Tryno Maldonado: </strong>Zacatecas, 1977. Ha publicado el libro de cuentos Temas y variaciones (2003) y la novela Viena Roja (2005). Su novela Temporada de caza para el león negro resultó finalista del Premio Herralde 2008 y será publicada por Anagrama en febrero de 2009. El texto que presentamos en este número es parte de ese volumen. Habita en el blog www.atari2600.blogspot.com</em></p></blockquote>
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		<title>Entrevista a Raúl Herrera por Judith Romero</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 14:37:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Entrevista]]></category>

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		<description><![CDATA[
Logro la armonía en movimiento en la pintura,
pero el mundo social externo está lleno de contradicciones.

Con una larga vida consagrada al viaje y a la creación artística, Raúl Herrera ha decidido radicar en Oaxaca desde hace años, para seguir una vida sustentada con lo esencial. Aunque confiesa que lo ha agobiado la grave crisis social [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-full wp-image-139" title="raul_herrera" src="http://www.lunazeta.com/wp-content/uploads/2010/06/raul_herrera.jpg" alt="Raúl Herrera" width="580" height="308" /></p>
<p style="text-align: right;"><em>Logro la armonía en movimiento en la pintura,<br />
pero el mundo social externo está lleno de contradicciones.<br />
</em></p>
<p>Con una larga vida consagrada al viaje y a la creación artística, Raúl Herrera ha decidido radicar en Oaxaca desde hace años, para seguir una vida sustentada con lo esencial. Aunque confiesa que lo ha agobiado la grave crisis social que vivió Oaxaca y que actualmente vive el mundo, mantiene una contagiosa tranquilidad, basada en la experiencia y en el trabajo disciplinado de un artista que logra la armonía entre su vida y obra. Su cercanía con las artes orientales lo han llevado a construir pacientemente, una obra singular, que tiene mucho de búsqueda, de respiración, de meditación, y de gestos pictóricos en tinta china resueltos magistralmente en un solo trazo.</p>
<p><strong>Platícanos sobre tu proceso de formación artística y, en qué momento se da tu acercamiento con la cultura oriental.</strong><br />
Pasaba mucho tiempo solo, no había televisión, leía y dibujaba mucho. Vivía sobre la calzada de Tlalpan, enfrente del estudio Churubusco, antes era campo, el pueblo de San Diego Churubusco. Ahora no existe. Mi tía Libier Navarrete, pintora y poeta, decidió darme clases de pintura cuando vio mis dibujos. A los 13 años hice los primeros óleos, así empecé, y ya no pude dejarlo. No quería estudiar la preparatoria, pero mi familia dijo «no, esa es una carrera en donde te vas a morir de hambre»; bueno, parece que tenían razón (risas), de todas maneras amaba mucho la pintura y seguí pintando. A los 15 años entré a la escuela Carlos Septién García, me convencieron para que estudiara periodismo porque mi abuelo había sido periodista. Durante ese mismo año fui por las tardes a la escuela de San Carlos de manera externa, sin que mi familia lo supiera. Ahí conocí a grupos políticos de derecha y de izquierda, entré en las juventudes comunistas. Una noche que andaba pintando, en el centro, nos agarró la policía a varios y nos metió una noche en la cárcel. Mi madre estaba vuelta loca, cuando me encontró me puso una regañisa horrible. Me obligaron a cursar la escuela militarizada. Durante los dos años de «arresto» seguí pintando, como me arrestaban a cada rato, un día el director de la escuela me preguntó «por qué estás en contra de lo militar», entonces estuvimos platicando y cuando se enteró de que pintaba quiso ver las pinturas, se las llevé, después tuve mi primera exposición individual en la Academia Militarizada México, en 1958, tenía 17 años. En la universidad estudié Ciencias Políticas,  Arquitectura, Filosofía y Letras y el idioma francés. En el 61 gané un premio de pintura en el IFAL (Instituto Francés de América Latina), una beca por 6 meses para estudiar en París. Al concluir el apoyo me mudé a la Casa de México de la ciudad universitaria en París, estaban Rodolfo Nieto, Francisco Toledo, Emilio Ortiz, Silvia Pandolfi (la actual directora del Centro de las Artes San Agustín), Víctor Maldonado, Manuel Bartlett, Carmen Parra, Marcos Huerta; fue en donde empecé a pintar en serio. Entré a la escuela Beaux-Arts de París. A principio de cada año, abrían las inscripciones, llevé mis pinturitas y me dijeron «no, todavía no», en el segundo año me aceptaron. Asistía a la escuela del Louvre a oír conferencias, ahí vi una exposición de Hokusai, su trabajo era en tinta china de colores, porque en Japón en esa época no había óleos. Dejó una Manga sobre usos, costumbres y gentes de Japón, pintó al budista, al samurai, a los mendigos, a la gente que se bañaba, a los sirvientes, todo se hizo en blanco y negro. Esto provocó que fuera más allá. Empecé a hacer pequeñas obra de papeles que recogía del mercado —cuando trabajaba descargando frutas en mercado Leal, ahora Museo Nacional de Arte Moderno Pompidou—. En Roma estuve 2 años, expuse en una galería, conocí a poetas, pintores y amigos, la vida ahí era mucho como la de Oaxaca ahora, «nadie tenía dinero, todo el mundo andaba de fiesta en fiesta, te invitaba la gente a chupar, a veces a comer». Empecé a cambiar por que era la misma época del Pop art. En Londres no encontré una manera de exponer, estuve trabajando en una fábrica de cerámica, logré vender lo suficiente para comprar mi boleto de regreso a México. Me regresé en un barco que salió de Antwerp, dudé en comprar el boleto porque pensaban que era trabajador, así que decidí viajar como tal; durante el viaje retrataba a los cuates, había españoles, griegos, vietnamitas, africanos, marroquíes. Trabajadores del tercer mundo. Llegué a Veracruz en el 66, me fue a recibir mi madre, mi tía y una sobrina, tenía 5 años de no ver a mi familia. Me quedé hasta el 67, cuando empezaron a organizarse para las olimpiadas, pasaron una serie de cosas horribles, estaba Díaz Ordaz, había muchos problemas, había una lucha social medio sorda que no se revelaba por ningún lado, entonces decidí regresarme porque las cosas estaban poniéndose feas. Regresé a Londres, en una sala de cine escuché a The Beatles, vivía con mi novia norteamericana que tenía dos hijos, nos tocó el movimiento hippie, ahí conocí a Davie Cooper, el de la antipsiquiatría, y a Ronald Lane, estaban dando conferencias. Esto me movió mucho, realmente representó un cambio profundo. Empecé a hacer pinturas totalmente fuera de todo contexto, pintaba en pedazos de madera, en muebles, temas que no tenían nada que ver con el mueble mismo, empecé a hacer un poco de arte conceptual sin saberlo, esculturas con pedazos de espejos, pintura abstracta pero con un sentido diferente, nuevo.<br />
Con unos amigos decidimos irnos a peregrinar en un Land Rover —a «cambiar» al mundo—, nos encontramos cientos de gente pidiendo aventón. Estábamos en la búsqueda de lo orgánico, lo natural, la buena onda, fumábamos mota y tomábamos LSD. Fuimos a Francia, España, Italia, fue otra época, la dolce vita total. Gente de todos lados que quería romper barreras, tabúes, todo muy intenso. Tuve exposiciones en Inglaterra y Roma. En el 67 estaba como agregado cultural de la embajada de México en Roma Hugo Gutiérrez Vega, tuve una exposición ahí. Y Berta Fuentes, la hermana de Carlos Fuentes, estaba como secretaria, gracias a eso pude quedarme en Roma más tiempo.<br />
En el 68 regresé a Londres, estuve en un grupo socialista contra la guerra de Vietnam, apoyando con ilustraciones y carteles, nos fuimos en ese año en una combi a París porque nos enteramos de lo que estaba pasando allá. Fue una época de viajar mucho con un grupo de gente, como una comuna, acampábamos en casas abandonadas.<br />
En los setenta estuve en París, teníamos una comuna, encontramos un departamento barato enfrente de la Port Saint-Denis, cerca del barrio de las prostitutas. Había muchos argelinos y franceses pobres, había un mercado, un ambiente de barrio grueso que me fascinó porque extrañamente desde entonces solamente en los barrios más pesados me siento más seguro, todos se ayudan, se protegen, hay bandas, pero sabes quiénes son los cabrones, básicamente hay solidaridad. Empecé a hacer artes marciales, Aikido. En Ámsterdam se inició el movimiento de ocupar casas, porque el gobierno quería destruir una zonas muy antiguas para construir fraccionamientos nuevos, nos fuimos a defender la causa, había obreros jóvenes, estudiantes de todos tipos, pintores, antropólogos, desertores irlandeses, unas chavas de Italia que se habían escapado de sus familias porque las habían metido al manicomio, era la revolución de todo, empezó la fiesta del LSD, andaba circulando fácilmente. En Ámsterdam empecé a hacer Tai Chi Chuan y me metí en la meditación Taoísta. Es curioso pero sin saber, en el 62 dibujé un jaguar muy chino, ellos representan a los tigres y leones con cabeza de dragón, de alguna manera encontré algo que me atrajo mucho, con los años me di cuenta que por algo se dan las cosas.</p>
<p><strong>¿Cuáles han sido tus mayores influencias gráficas y literarias en tu proceso creativo?</strong><br />
Rodolfo Nieto me enseñó mucho de dibujo y de técnica de pintura. Cuando vivía en Londres leí la literatura china, leyendo historias chinas descubrí a un personaje japonés pintor y maestro de la espada en el siglo XVII, se llamaba Miyamoto Musáis, fue un ronin, un samurai sin dueño, decidió buscar la iluminación a través del camino de la espada, la iluminación zen. Este personaje fue una inspiración muy fuerte, aprendí Aikido y Tai Chi Chuan para aprender a defenderme sin armas. También leí a Lautréamont, Flaubert, Sartre, Octavio Paz, Neruda, Huidobro, Henri Michaux, Simon de Beauvoir, Borges, Agustín Yañez.</p>
<p><strong>¿Cómo has ido depurando tu proceso artístico para lograr esa contundencia y esos breves y profundos gestos pictóricos usando la tinta china?</strong><br />
Ahí esta todo. La historia de todos los movimientos, las artes marciales son fundamentalmente movimiento, es un movimiento que se llama Arado, está debajo del ombligo, es la puerta del cielo. Cuando meditas te concentras en ese punto, llegas al vacío total y tranquilidad absoluta, el Tai Chi es una manera de practicarlo, los movimientos son lentos, continuos y basados en la respiración, poco a poco tu cuerpo va liberando todos los bloqueos que impiden moverte. Esto me ayudó a dibujar, ahora pinto con las dos manos gracias a los movimientos practicados durante mucho tiempo, el movimiento tiene que salir desde el centro de tu cuerpo y en un trazo. Ahora que doy clases les digo a los alumnos que traten de relajarse, la primera línea que cae es la que vale, es muy difícil pero poco a poco se logra.<br />
En México aprendí caligrafía con un chino. En los ochenta estuvo un historiador que hizo un estudio comparativo entre los símbolos y los animales sagrados de las culturas mayas, nahuas y las culturas antiguas chinas. Resultó que las dos culturas adoran al jaguar y a la serpiente, los chinos adoran a la serpiente que después se convierte en dragón; en México la serpiente se convierte en Quetzalcóatl, serpiente alada que es un dragón, y las representaciones son iguales a la cultura antigua china. Ambas culturas tienen el Yin y Yang, viene en él los ideogramas aztecas, nahuas, mayas y de más culturas, tienen estas figuras entrelazadas, las escaleras que están en Mitla hacen el Yin y Yang, el juego de pelota era lo mismo. He encontrado muchos paralelismos, cuando estuve aprendiendo caligrafía me di cuenta que era otra cosa, conozco muchos ideogramas pero de ahí a leer chino, ni los que lo hablan lo leen bien, es como la etimología, pero el proceso de la caligrafía es fantástico por que sigue el mismo principio del arte marcial y resulta que los mejores maestros de Tai Chi Chuan son pintores y calígrafos, tiene mucho que ver, es como una integridad. Me encanta esa cosa de los pintores renacentistas como Leonardo Da Vinci que era un gran esgrimista, bailarín, médico, investigador, un gran pintor, al mismo tiempo era un inventor. Consiste en juntar las 5 cualidades del caballero, del perfecto guerrero, y los japoneses también tienen esa tradición, por ejemplo, las pinturas más famosas son las de Musashi, también hay un pintor chino del siglo XVI que le llaman Chu Ta, quería decir el pintor mudo de las siete ermitas, porque él hizo un voto de silencio. Descendía de la dinastía Ming, pero ante la rebelión Manchú y su implacable control, decide suprimir la palabra; mataban a todos lo que tenían que ver con su familia, así que se refugia en las montañas, y lo rescata un monje budista. Se metió al budismo e hizo voto de  no volver a hablar nunca, pero le gustaba el saque, el vino, escribir y pintar, era un fantástico calígrafo y extraordinario pintor, incluso pintaba mejor cuando estaba borracho. Andaba de ermita en ermita budista, donde le preparaban sus papeles, su tinta.</p>
<p><strong>¿Hay una conexión entre tu búsqueda interior y la obra gráfica que realizas, es decir, el universo interior dialoga con el exterior?</strong><br />
Considero la pintura como una búsqueda interior, es un camino espiritual. No es como lo concibe la Iglesia católica, no es un alma que tiene que ser salvada, sí lo considero como un camino espiritual porque si no, no tiene sentido. Si es uno pintor nada más para vender, si no vendes ya eres un fracaso. Pero la creación es una búsqueda interior que sí nos puede llevar a la iluminación. No digo la iluminación como algo en donde estás contento, sino más bien a la realización de que somos una sola cosa que se está desenvolviendo simultáneamente todo el tiempo, no estamos solos nunca, no hay alguien que vaya más adelante que el otro, todos estamos siendo al mismo tiempo. Eso es lo que se aprende cuando llevas a cabo un trabajo como éste, porque siempre estás viendo la sincronía con el mundo. Logro la armonía en movimiento en la pintura, pero el mundo social externo está lleno de contradicciones, de hecho eso es lo que lo sostiene, la confrontación, la lucha todo el tiempo. Las cosas se mueven porque hay una fuerza que está contrarrestando, es algo que uno tiene que estar recordándose, para eso es la meditación, para volver a ese punto, en donde todo se une, es el punto invisible que no se ve, que no puedes tocar pero que es lo que nos une a todos.</p>
<p><strong>En la esencia hay búsquedas, hay este sentido que encuentras, pero hablando de las cosas terrenales también hay pérdidas, hay hallazgos pero también hay pérdidas, fracasos, hay una confrontación con el ser humano cuando convive en una sociedad ¿Cómo enfrentas esto?</strong><br />
Lo que más me cuesta es la relación con el dinero, porque decidí que vale madres, que no importa pero que tiene que venir cuando realmente va a funcionar. Para mí es una especie de orgullo no tener nada. Tuve una casa, la compramos con una familia que tuve pero todo eso se va, desaparece, no tengo esa obsesión. No quiero más de lo que tengo porque lo que tengo es fantástico. Eso es lo que me ha costado trabajo porque a veces la gente lo confunde con indiferencia, indolencia, me creen un fracasado, un perdedor porque no tengo coche o una casa propia, no tengo ni dinero en el banco y ni me interesa, es una austeridad finalmente. Busco lo interior.</p>
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<p><strong>Te lo pregunto porque finalmente tenemos un sistema social que no beneficia a sus creadores, que no apoya a la gente que está haciendo investigación, arte, a la gente crítica. Estamos viviendo tiempos de crisis mundial y nacional. Cómo operar con esa realidad, pareciera que esta idea de armonía funciona en la esencia, pero cómo mantener la resistencia.</strong><br />
El I-Ching para eso es, es una filosofía taoísta. Dice que cuando la gente inferior está en el poder, el sabio se retira a trabajar en soledad, en aislamiento, porque las cosas van a cambiar. Ese es el concepto diferente, en el I-Ching cuando vas al último y todo está perfecto, ¡cuidado!, es porque va a empezar el descenso, el movimiento siempre llega a un punto que el Yang está arriba y empieza a bajar, lo compruebas con la gente cuando le suceden cosas o cuando el año pasado cayó la bolsa y ahora no tiene nada, ¿quién es el que más pierde?, pues el que más tiene. No tienes nada que perder si no tienes nada. Hay que ver qué va a pasar con toda esa gente que de pronto eran los que tenían todo. El primer problema es admitirlo, después superar la depresión que eso provoca, salir de eso es difícil, pero subirán otros imbéciles, parece que los que quieren estar arriba es sólo por eso.</p>
<p><strong>¿En el fondo crees que una forma de rebeldía, de resistencia, es primero una renuncia a la idea de riqueza, de muchas posesiones materiales, porque eso te da una libertad interior de acción y de creación?</strong><br />
La armonía se produce en un momento determinado del desarrollo de todo, hay un momento en que todo es perfecto, como los humanos. Tú ves los chavos entre los 18 y 35, todos son bonitos, su cuerpo está bien, su cara, son preciosos porque están jóvenes, en la flor del desarrollo y después empiezan los problemas, es parte del desarrollo de la vida. Se casan, tienen hijos, empiezan las broncas de mil formas, el estrés, la falsedad de mantener un estatus. Yo las he tenido todas. Luego vienen los imponderables, se enferman, es parte de estar aquí. El Tao Te King dice: tienes muchos propósitos, tienes problemas porque tienes un cuerpo. Pero también puedes tener satisfacciones, ¿qué es lo que te da satisfacción? En un momento decidí que todo lo que sea que haga, lo voy a devolver con pura buena onda porque me hace daño la mala onda. El 2006 me dio una depresión que todavía no se me quita y por ahí anda, me dolió mucho cómo trataron a la gente, se me hizo terrible. Está pasando en todo el país, en Morelos están igual, se meten a las casas, arrestan a las personas sin ninguna orden, como ya tienen el poder que les dio este güey que está como presidente, es el poder de justicia expedita, que cualquier policía te puede declarar culpable y mandarte a la chinga o torturarte. Estamos viviendo cosas muy duras, la bolsa cae, la guerra de Irak se está yendo al carajo, el imperio de USA se lo está llevando la chingada. El periodo anterior le tocó a Rusia, cuándo ibas a creer que el muro de Berlín iba a caer. Se tenía que acabar algún día y esto también se va a acabar. Lees la noticias de ahora: 700 mil familias en USA, en los últimos tres meses, las han sacado de sus casas porque no pagan la hipoteca, la renta, los alquileres, como todos viven enganchados en ese sistema de «yo te presto, yo te presto», pues ahora nadie puede pagar. Esa es otra ilusión, yo no me dejo llevar por ella, eso es todo. Tuve una casa padrísima en las Lomas, con todo, pero no extraño nada.</p>
<p><strong>¿Cuál es el propósito de la creación artística? Hay muchos jóvenes pintores que finalmente están ligados a este éxito material o ligados a la búsqueda del renombre, hay una creación del frenesí, inmediata y en serie, y esta especie de maquiladora de la que hablaba Rober Valerio.</strong><br />
Es muy atractivo, sobre todo para gente que creció en pueblitos, en casas muy pobres y cuando venían a Oaxaca no les compraban lo que querían porque no había dinero y se tenían que aguantar, ahora de repente les pagan 500 mil pesos por su pintura, pues ya tienen todo en el banco, y dicen: ahora le compro una casa a mi mamá. Algo me ha dado todo esto porque para mí esto no es importante. Entiendo cómo les afecta y hay que superarlo. Hay un momento que sientes que si no te sacas el premio de la Bienal ya valiste —dices no vuelvo a pintar—  y sí, esto pasa, es natural, es parte del cuerpo, de las emociones que nos habitan, así funciona.</p>
<p>Me interesaba esto, porque has sido como un outsider, finalmente te tocó parte de la generación de la ruptura, qué pasa con ese proceso, ¿desde ahí ya viene esta historia que ahora concretas en este comportamiento?<br />
Era un poco más chico que todos. El más chico de la ruptura era Arnaldo Coen, como 6 meses más grande que yo. Me tocó ser amigo de Gironella, Francisco Corzas, Fernando García Ponce, Manuel Felguérez, pero ya están retirados o muertos. Rodolfo Nieto nunca estuvo con la ruptura, él estaba como a un lado igual que Toledo, aunque lo han querido meter, él ha dicho que no tiene nada que ver. A mí me tocó en su etapa final, cuando llegué a México en el 66 llegué pintando una pintura abstracta que tenía algo de pintura oriental. En ese momento me sucedió que leí un libro de física cuántica que se llama Los secretos de la materia y una de las cosas que dice el libro es que la materia no existe, es una acumulación de energía que se bloquea y entonces se vuelve materia y forma cosas que parece que son algo pero que en realidad es pura energía concentrada en diferente forma y nadie sabe porqué, y entre más sabemos de la física cuántica más llegamos a la misma conclusión que los taoístas y los budistas. El vacío es la base de todo y ahí hay una energía que se mueve de una manera que no entendemos muy bien pero más vale calmarse para no enloquecer con eso, porque si quieres ir la base ahí está todo. Eso me transformó mucho, de hecho esa fue mi primera época de alucine, en el 65, cuando trabajaba en la fábrica de cerámica y leyendo este libro iba en la calle diciendo guau, ¡entonces todas son partículas que se mueven de energía!, esto me revolucionó mucho.<br />
Cuando probé los hongos con María Sabina en el 66, nos fuimos en un vocho, llegamos a un lugar en donde el carro no daba para trás ni para adelante, se quedó atorado por una gran piedra. La gente de Huautla nos propuso ir al siguiente día por él, cuando vemos que venía caminando María Sabina con varias mujeres, nos acercamos, no hablaba mucho español, así que la saludamos y después la seguimos, fuimos a su casa, nos dieron de merendar, nos trataron muy bien. Realizó una ceremonia, empezó a extender cosas, a rezar, nos puso a rezar mucho tiempo hasta que sacó los hongos, colocó un sahumerio, todo el ritual muy bien, conforme nos íbamos comiendo los hongos nos fuimos a su cama que era de puras tablas con cobijas, pero sin colchón, ahí nos acostamos y nos echamos el viaje, eso me confirmó todo la física cuántica, me confirmó todo; además que el vehículo verdadero que tenemos es la mente, mi interés máximo es poder viajar con mi mente con el espíritu. La antepenúltima vez que comí hongos fue hace 5 años en la Ciudad de México, con un médico especialista en cerebros que estuvo con María Sabina, estuvo los últimos años con ella, ayudándola, atendiéndola y aprendiendo porque él es neurólogo y cirujano, lo dejó tan impresionado un viaje de hongos que dijo esto es maravilloso para el cerebro. Él está ocupado en encontrar cómo curar enfermedades cerebrales desde adentro con hongos y con lo que maneja. Él también sabe de psicología. Hizo todo el ritual, luego me dio varios honguitos San Isidro, luego me dio un «derrumbe» grande y me lo comí y pensé que me dormí pero de repente estaba en otro lado, estaba vivo en otro lado, era un viaje mental pero me impresionó tanto, estaba en un lugar en donde había puras pirámides, todo era de piedra y montañas, estaba como en un templo, entonces encontré una urna en medio de un templo, en la urna estaba labrada una carita (sonriendo), sabía que tenía que abrir eso pero se veía pesada, de repente se abre y sale un enanito con la cara sonriente y se empieza a reír, se ríe y se ríe hasta que su risa me llevó, así yo me empecé a reír y sentí un gusto y una felicidad intensa. De pronto me encontré en el cuarto con el doctor, me despertó y me dice viste a Teonanacatl, que es el niño sabio, el niño viejo. Cómo sabía lo que estaba viendo. Me impresionó mucho. Obviamente existen las dimensiones porque cómo puede saber un señor, que no tiene nada que ver conmigo, que hay un señor, un enanito que se te aparece. Tiene que haber una dimensión donde eso exista y no es el cerebro humano, porque si eso fuera todos lo tendríamos ahí metido. Hay un punto en donde el hongo te ayuda a acceder a esa dimensión a través de tu mente, de tu cerebro. El cuerpo es vulnerable a todo, es tan destructible que si un camión te agarra te hace tortilla en un ratito. Algo que tiene tanta vida, tantas experiencias, de repente desaparece en un segundo. Como te puede destruir un camión, una bebida, una balita chiquita, una burbuja de aire en el corazón. Esto me convence de que somos aparatitos, un aparato maravilloso hecho además por el proceso de este planeta y de este cosmos, quién sabe cómo y por qué, pero obviamente si tenemos todo esto es por algo.<br />
El viaje que hice con María Sabina fue el primero, fue muy impresionante porque hubo un momento en el que pensé, «es que yo» y cuando dije «yo», sentí que me iba así al punto del universo y ahí había una esencia que decía yo, pero que era todo. Ahí estamos, eso es lo que nos da la conciencia del yo, esa inteligencia que se está proyectando en éstos cuerpos, en este planeta y quién sabe en cuántos lugares más y en cuántas formas. Un yo compuesto por todos, es un solo ser en millones y millones de manifestaciones.<br />
Otro viaje que no se me olvida, fue en Ámsterdam, al final de mi estancia. Con tantos reventones de repente llegó el invierno, me dio una gripa muy fuerte, estaba en cama y un amigo hippie fue a verme y me dice «qué haces aquí encerrado, vámonos a un bar», así que fuimos. De repente, una chava muy linda con la que bailaba me dice «qué raro estás, veo que los ojos te brillan mucho» y me toca y estaba hirviendo en calentura y le dije, con razón me siento genial, esta mota vietnamita que me dieron está de pelos, estoy alucinando como si hubiera comido hongos, y empecé a ver ramificaciones, como en los hongos, y unas líneas luminosas que unían a la gente. Me llevaron a mi casa, me sacaron, caminé y me empezó a doler todo el cuerpo, un dolor en el pecho como si me hubieran clavado algo y empezaron a alarmarse, no sabían si llevarme al hospital o llamar un doctor. Mientras ellos hablaban ahí yo «me fui», mentalmente. En esa época estaba leyendo el libro Tibetano de los muertos y empecé a entrar en esa sensación, tenía un dolor de cabeza y de pecho, estaba en un torbellino y pensé: me estoy muriendo. Empecé a entrar en un pánico, decía no puede ser, y de repente que me acuerdo del libro tibetano —acuérdate, acuérdate de los versos y de los poemas— y empiezo a recitar acá dentro y a ver la luz, a buscar la luz, y todo ese torbellino que era así espantoso, horrible, porque era como un zumbido durísimo, todo era así como terrorífico, de pronto empezó a aclararse y aclararse hasta que de repente llegó una luz así increíble, una tranquilidad, una paz y todas las respuestas. Todo lo que traía se aclaraba y empecé a ver épocas de mi vida pasada en donde me había peleado con mi familia, mi novia y desde ahí veía que todo era absurdo y tonto, decía por qué se pelea uno, que tontería, pero qué barbaridad, por qué la gente hace eso y todo se me respondía. Tenía una sensación de paz y felicidad increíbles que decía si esto es la muerte qué maravilla, pero de pronto me empezó como a decir una voz adentro «no, no, tú tienes que regresar a México a pintar» y haz de cuenta que todo lo que me ha sucedido desde entonces, en ese momento me lo dijeron, tengo siempre esa sensación de «ah, si yo sabía que tenía que venir a Oaxaca». Quién sabe por qué, tal vez por Rodolfo Nieto, porque había conocido a Toledo o por lo que sea, mis relaciones con Oaxaca son muy extrañas, pero sí hay muchas cosas que me trajeron, yo había conocido Oaxaca desde niño. Pero en ese momento lo que quería era regresar a México, se me definió muy claramente que iba regresar a México a pintar y que iba a vivir en el trópico, en un lugar en donde hubiera palmeras, en donde la selva estuviera cerca, eso se me hizo clarísimo; todavía regresé a México, me casé, viví 10 años en las Lomas, fui millonario por unos cuantos años. Ese viaje fue también muy importante, sabes por qué pude resolver eso, porque había comido hongos antes en Oaxaca con María Sabina, porque en ese momento de pánico me acordé del miedo que me había dado cuando me empezaron a hacer efecto los hongos, porque con María Sabina hubo un momento en que empecé a ver arquitecturas luminosas y eso me dio mucho miedo, dije por qué estoy viendo esto ¡ya me intoxiqué, me voy a morir!, hubo un momento de pánico antes de que empezara a entrar la felicidad de los hongos, igual cuando me estaba petateando. Me enteré muchos años después aquí en Oaxaca, un día vamos en bicicleta María Rosa y yo, y de repente empiezo a sentir que me falta el aire, como que me dio un brinco el corazón. Voy al cardiólogo, me hace un examen y me dice «sí, tienes un arritmia cardiaca, esto pasa porque tienes una cicatriz en el corazón» ¡cómo una cicatriz!, sí, quiere decir que en una época de tu vida te dio un infarto. ¡Cómo crees!, le dije sorprendido. En la lectura cardiaca te pueden decir hasta el año, en el 73 tuve una neumonía muy fuerte en Ámsterdam y me estaba muriendo, estuve todo un mes en cama. Entonces, sí me morí tal vez un minuto, me fui al otro lado por eso tuve esas alucinaciones, que no fueron alucinaciones, fueron un viaje al borde, desde entonces ya no tengo miedo, ya sé que voy a regresar un día, pero que no es malo y horrible.</p>
<blockquote><p><em>Veracruz, 1976. Estudió Derecho, es integrante del consejo editorial de la revista Luna Zeta.</em></p></blockquote>
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