Fábula de un zenzontle impávido y de un tigre soltero

Porque danza la esperanza. Y no es mansa esta esperanza de fabulosos ojos vegetales. Esta linda Doncella Verde de principio y remate, esta traslaticia de posibilismos rompetechos. La Doncella Verde que ningún nadie mandaría a los cachivaches en propio beneficio. La esperanza que se alcanza la panza y escribe sobre su cuerpo el costo de su doncellez sin protección de derechos de autor ni crédito prohijado. La esperángela. La esperhada. La esperalma inspirada en la tercera persona del singular Velarde, dictada a cierta hora en que todo se vuelve dubitativo, reiterativo y directo. Vana monserga para lograr su acercamiento. Culta nirvana para escribir sobre Velarde y las hormigas en sus venas voraces; de Velarde y su cónyuge avestruz, su esposa ardilla; de Velarde y su Doncella Verde como su amante rana paradigma. Fauna amorosa —me atrevo a decir— de una pudorosa y terapéutica prudencia: el cauto celibato, la no cautividad.

Oh, alucinado lúcido, picotero hermético armonioso este Velarde. Cazurro locuaz de su inigualable historia, de la fábula del Tigre que fue: precavió higiene en la progenie y por eso demonche de taimado, sibarita ascético sin mortificación ni penitencia, «franciscano y polígamo» que encontró «a todas bellas y favoritas», pero nunca a la destinada a darle el hijo que valiera más que él. «Con un hijo yo perdería la paz para siempre»: dijo.

Armando Brito

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Y sin embargo tuvo un hijo (ojo) invertebrado. Ojo: un hijo jeroglífico: alegórico. Un hijo como dije y que, como él dijo: «existe en la gloria trascendental de que ni sus hombros ni su frente se agobien con las pesas del horror, de la santidad, de la belleza y del asco; aunque es inferior a los vertebrados, en cuanto que carece de la dignidad del sufrimiento, vive dentro mío como el ángel absoluto, prójimo de la especie humana; hecho de rectitud, de angustia, de intransigencia, de furor de gozar y de abnegación, el hijo que no he tenido es mi verdadera obra maestra».

Repito: demonio de taimado. Zenzontle impávido y pávido inzenzontle. Tigre. Y tigre sí, que dormía sobre su piel feroz de tigre, y soñaba ser el León junto a la Virgen. Ser el León junto a la Virgen (homólogos gozosos de la Bella y la Bestia y de Calixto y Melibea) en el Edén subvertido y aprobado por el nudo natural del contubernio, de lo ilícito procedente, de lo chanchullo estraperlo. Ser el León, ser la Virgen, pero también el veloz flechador que alcanza a lanzar la flecha y recibirla: el gallardo Sagitario, el Sátiro mítico de mística siringa, como su igual zenzontle: «el músico célibe, el solista experto…» Ser, en fin, el Velarde donde convergen los símbolos astrológicos que siempre están en concordancia con la pasión, el sexo, el celibato. Porque para Velarde los sexos son «sañudos escorpiones», órganos de gestación que los son también de destrucción. «Dúo recóndito» y único mandamiento de veneración: Eros y Thanatos, conceptos que aunque en la actualidad se han visto degradados en su simbolismo, todavía hacen recordar a Babilonia, al Egipto de los Faraones, a Creta y Grecia mismas, antiguas civilizaciones donde la pornografía y la prostitución tuvieron carácter de sagradas, el amor estuvo libre de toda sujeción y donde el Erotismo fue excluido de las funciones reproductivas. Quizá para Velarde el inhibir la fecundidad fue la mejor de las formas del «casi divino» albedrío de negar la vida. Pienso en su hijo que nunca pervivió, que nunca existió por voluntad misma de Velarde, y recuerdo ciertos pasajes bíblicos recreados en el sacrificio de los primogénitos. Claro que no pretendo emparentar a Velarde con ninguno de los infanticidas bíblicos. Abraham, incluso, pudo haber sacrificado al hijo único por mandato de Dios mismo, y no quiero decir con esto que Velarde lo sacrificó con mayor «rectitud» al no tenerlo.

Armando Brito

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Sin embargo, ese hijo tampoco pudo existir por la razón de que Velarde siempre se negó al cuerpo amado. Veneraba a Fuensanta como a un espíritu, olvidando que también, y sobre todo, era un cuerpo. Fuensanta, como su hijo invertebrado, es condenada por él a una creación, a otra obra del poeta: es sólo lo que pudo, porque hizo de ella su goce impracticable. Hegel afirma que hay una imposibilidad de comunicación de sujeto a sujeto, y que sólo puede existir relación si un sujeto cosifica al otro. Velarde, en ese sentido, cosifica a Fuensanta, pero en virtud de volverla más un ídolo que una realidad, un objeto de ensueño más que de placer. Se erigió en idólatra

de los bustos eróticos y místicos
y los netos perfiles cabalísticos.

Senos de vírgenes a los que sólo se permitía abrazar con «brazos sacramentales».

Y aún que atiende a Las tablas de la ley, cinceladas por un Moisés colérico y responsable ante lo Invisible, resguardado además por el joven Josué con sus ángeles exterminadores, Velarde encuentra sus idilios en el entorno familiar, porque le seduce y, al mismo tiempo, teme cometer incesto. Me pregunto: ¿convendría Velarde con la idea (como afirma Tomás Segovia en su Defensa e ilustración del incesto), de que éste es uno de los polos ideales de todo amor, y representa la pureza noble, es decir, la fidelidad a una pureza originaria? «El sentido del amor incestuoso —continúa Segovia— es antes que nada encontrar una hermana». Idea del alma gemela que se afianza en el deseo de vencer la soledad, de entrar en comunicación con el otro. No es extraño, entonces, que Velarde llame a Fuensanta de hermana:

Hazme llorar, hermana,
y la piedad cristiana
de tu mano inconsútil
enjúgueme los llantos con que llore
el tiempo amargo de mi vida inútil.

Más aún. Lo Duca, en su Historia del erotismo, dice que «hermana» y «amante» en la época de los faraones, y según el papiro de Turín, por esa cultura de juegos amorosos que se encontraba en la poesía popular, «se convirtieron por la costumbre, en sinónimos». Señala además el parecido de la poesía egipcia con el «Cantar de los Cantares», donde también aparece la palabra hermana. Pero quizá, sin profundizar más, Velarde, al igual que Baudelaire, atendiendo a las fórmulas de esta erotología mágica, encontrada tanto en los Cantares de Salomón, cuanto en algunos poemas amorosos escritos en Menfis o en Tebas hacia 1500 años a. C., desea revelar la plenitud de un conocimiento erótico, llevado más allá de la carne y los sentimientos:

Yo no sé si estoy triste por el alma
de mis fieles difuntos
o porque nuestros mustios corazones
nunca estarán sobre la tierra juntos.

Placer de la carencia. Y aún más: si confrontamos esta otra estrofa del poema «Hermana, hazme llorar» con otra de Baudelaire:

Mi niña, mi hermana,
¡Sueña en la dulzura
De ir allá abajo, a vivir juntos!

encontramos que en el caso del poeta francés el incesto se expresa con entero júbilo, en tanto que en el de Velarde con absoluto pesimismo, porque seguramente con ello desea implicar una profunda castidad.

Sin embargo —y no sin ironía— Ortiz de Montellano comenta que cuando López Velarde radicaba en la ciudad de México y temía ceder a la tentación de la lujuria, se alejaba de las mujeres —«flor del pecado»—, de la metrópoli, y volvía al refugio de Jerez a «satisfacer su deseo», si no con las vírgenes jerezanas, sí con unas damas francesas que vivían a espaldas de la Parroquia. No huye del pecado, se deja seducir por él y lo posterga. Es sabido: todo amor y toda pasión deben ser colmados mediante el diálogo de los cuerpos y, sin embargo, Velarde opta por el solo monólogo del cuerpo:

En mi pecho feliz no hubo cosa
de cristal, terracota o madera
que abrazada por mí no tuviera
movimientos humanos de esposa.
Desposémonos con la sencilla
avestruz, con la liebre y la ardilla.

Asís erótico: el poeta abraza, también, a seres y cosas, como a una amante, porque el movimiento es vida y es erotismo. El movimiento es tiempo que transcurre e instante que a otro anula. La amante se mueve para mover el mundo y dar vida a las cosas del mundo. El amor es un punto de apoyo para que el todo se remueva, reacomode, vuelva a ser. Para Velarde el abrazo significa la forma de abarcar el todo, el desposarse con ese todo que no es otra cosa que el infinito concentrado en una sola criatura: la mujer amada, la deseada.

Ella es la musa, y su evocación —como en los tiempos remotos— la sola utilidad de la poesía. Porque la poesía radicaba en la efectividad del conjuro al comunicarlo, y controlar y provocar un acontecimiento por medio de signos, imágenes y palabras. Pero en Velarde ese conjuro es también un abjuro hacia la posesión física de la mujer, cuyo interés sicológico se ve trasformado en mítico. Su idolatría lo aleja del disfrute sexual y por lo tanto de la fertilidad porque, quizá, como deduce Octavio Paz, «su persona es santa (en su contradicción y su caída) porque en ella late un ‘pontífice’ que consagra todo lo que existe». Aquí un dato curioso: ignoro si es casualidad, pero para los trovadores occitanos era imperativo poseer, además de una esposa, una amante a condición de que ésta fuera infértil, y en Velarde hay la negación total de la existencia de la mujer que le pueda dar un hijo que sea mejor que él.

Armando Brito

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Así, la acción de su poesía es la de una actividad autotélica, con la que intenta desprender de él la lujuria y el pecado. Lo cierto es que a Velarde, en opinión de Villaurrutia, «Éxtasis y placeres lo atraen con idéntica fuerza. Su espíritu y su cuerpo vivirán bajo el signo de dos opuestos grupos de estrellas: el León y la Virgen». Dos grupos de estrellas y dos «vidas enemigas», aspectos contradictorios de su ser que hace convivir dentro de sí, fomentando un conflicto que se nutre de sí mismo. «De este modo —agrega Villaurrutia— concilia monoteísmo y poligamia, Cristo y Mahoma»:

Yo, varón integral,
nutrido en el panal
de Mahoma
y en el que cuida Roma
en la Mesa Central

Villaurrutia se pregunta también si será necesario decir que la dualidad vivida por López Velarde «está muy lejos de ser un juego retórico exterior y puramente verbal y que, en cambio, se halla muy cerca de la profunda antítesis que se advierte en el espíritu de Baudelaire». López Velarde mismo confiesa haber sido uno antes y otro después de leer al poeta francés:

Entonces era yo seminarista
sin Baudelaire, sin rima y sin olfato.

Apenas seminarista cuando Charles Baudelaire ya era el poeta moderno; y moderno no tanto por romper con el cristianismo, sino cuanto por la conciencia de esa ruptura. Y no es que López Velarde haya admitido los influjos poéticos del autor de Las flores del mal; es el espíritu del poeta el que habrá de descubrirle la complejidad del suyo propio. Quizá como la obra de Baudelaire, en la que se refleja el folclor urbano, la lengua coloquial de los arrabales, la suya se hace con todo aquello que la poesía tradicional juzgaba insignificante o simple, lenguaje con el que todos los días nos comunicamos. Para López Velarde no existen las palabras selectivamente «poéticas», si no que, contextualmente, todas pueden ser y son poéticas. Así, aunque el tema de su obra sea en mayor parte el amor, supo eludir (y de qué modo) los tópicos del lenguaje característicos de la poesía amorosa. Fue más allá, cuidó el adjetivo e, incluso, fue un virtuoso en su utilización. El adjetivo que, como sentenció Vicente Huidobro, cuando no da vida, mata. Llaman la atención, sin embargo también, ciertos sustantivos utilizados por él: el ajonjolí como la canela. Sustantivos que confieren el aspecto balsámico a su poesía. Íntimos y secretos, llenos de confidencias reflexivas y eróticas, como aquel de su prima Águeda quien le causaba «calosfríos ignotos».

Armando Brito

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Pero es tiempo de que mejor vayamos raudos a la longanimidad de la conclusión: Velarde fue un tigre y si no léanlo, escúchenlo: «El soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la soledad; no retrocede ni avanza; para avanzar, necesita ser padre; y la paternidad asusta porque sus obligaciones son eternas». Testarazo traumatúrgico, pasmoso azote. Salto de rana paradigma, de consorte ardilla, de liebre desposada. Y también salta lo que falta. Y lo que falta sobra ahora, no aflora; y lo que existe persiste en el qué hiciste hijo de Eva del pájaro gentil, del zenzontle impávido que cantó muy cerca de las piernas de Ana Pavlova, cuando ya lejos estaba de Fuensanta.

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