El Anticristo: Consideraciones sobre el Erotismo

La película Anticristo, de Lars von Trier, no es fácil de entender y menos de comprender si, presos del peso de la tradición vulgarizada del cielo e infierno, nos referimos a la sexualidad animal reproductiva
sin crítica del mundo desde la interioridad erótica. Si el amor y la sexualidad de la sociedad del espectáculo, como reproducción técnica de valores corporales mercantiles, son el modelo a seguir para ser feliz, las imágenes que destacan en el Anticristo no tendrán ningún interés, tanto antropológico como simbólico de las aspiraciones eróticas del interior avasallado en la representación barroca del mundo. Insisto, si no asumimos que el horror de la vida cotidiana es la realidad ultra-violenta del sufrimiento interior, condenado a roles impuestos por el trabajo y su reproducción, no entenderemos la interioridad de las excelentes actuaciones de Charlotte Gainsbourg y Willem Dafoe en la película el Anticristo. En todos los sentidos, eróticos y críticos de la sexualidad (madre sublime y abnegada y padre controlador y castigador de los excesos), podríamos decir que las imágenes, index del horror de la realidad misma, plasman una búsqueda inacabable de realización del deseo y felicidad del interior conjugada con el exterior.

Entonces, no sé si el problema de la crítica es si gustan o no gustan las escenas
de violencia que conlleva el placer y el pecado. Aquellas imágenes que nos incitan a olvidar, en unos minutos del acto sexual en expansión de posibilidades, la condición del trabajo. Junto a unas imágenes banales de una lavadora, limpiando la ropa con los olores de la carne podrida del terror cotidiano, notamos, sentimos la angustia interior condenada al castigo de la oscuridad sexual autorizada. Entonces, como no somos solamente objeto de sexo corporal, las imágenes de violencia no nos dejan indiferentes, de mármol dirían algunos (AlloCine: 2009) críticos violentados en su prudencia reproductiva. Según George Bataille (2008: 395) el silencio erótico, literario y poético grita desde el palpitar del corazón, es la violación ilimitada de la prohibición, pero también la razón ilimitada que el hombre opone a la violencia. En los diversos movimientos de la cámara y la fotografía que intenta retenerlos, surrealistas y poéticos del Anticristo, el constante grito de rebeldía surge del interior, se mueve en las sombras de la noche, ilumina los deseos aplastados por el dolor. «El silencio sin grito, que nunca reduce el martilleo sin salida del lenguaje, no es el equivalente de la poesía. La poesía en sí misma no reduce nada, sino que accede» (Ibíd.).

Entonces, desde el prólogo que nos propone Lars von Trier, poéticamente se manifiestan el objeto del sexo y la interioridad contra los efectos de manipulación de palabras que sufren el encarcelamiento en la soledad del silencio y la neurosis del trabajo. No solamente porque las fotografías conciernen a todos y todas en su tranquilidad de reproducción sexual, sino, también, porque el erotismo desplegado nos obliga, desde nuestras butacas, a hacernos preguntas hacia el interior de nuestros propios cuerpos. Quisiéramos gritar contra la terapia que quiere encerrar, curar lo incurable del deseo que está contra la vida y el sufrimiento establecido. Desde la perspectiva erótica, las imágenes que nos surgen del interior son el desequilibrio del sujeto objetivado, nos cuestionamos, conscientemente, a nosotros mismos, desde el interior que, inconscientemente, vuelve a perderse en el objeto del dolor, el sufrimiento y feminicidio de tantas mujeres condenadas a volar con sus sueños en las noches de las brujas.

Así, la película es una denuncia al caos y la catástrofe de la humanidad condenada a la reproducción de las gónadas. El sufrimiento de la culpa aparece mediante imágenes barrocas y crepusculares de excesos del interior del deseo y orgasmo, penando con el dolor, al final de la película, mediante la amputación del clítoris (objeto exterior del interior del placer). Nada está hecho al azar. La objetivación del cuerpo con el clítoris, o el pene, es la materialidad del pecado de la interioridad erótica a castigar. Entonces, finalizar la película con el símbolo del precioso útil sexual de las mujeres para el encuentro erótico de su interioridad con el exterior no es una casualidad, ya que millones de millones de fantasmas de mujeres rebeldes, castigadas en las hogueras o con prácticas rituales mutilantes (escisión, infibulación) por las religiones autorizadas, reaparecen en el epílogo de la película. No es tampoco un azar, son las muertas que, intranquilas, reaparecen con la memoria en los momentos de peligro del conservadurismo religioso de esta época. Éstas, tantas, feministas y brujas siguen apareciendo, re-encarnadas en las interioridades de las mujeres de la actualidad.

Antricristo

En este sentido, la cinta, acusada de ser hiper estética (AlloCine, 2009) por dar «golpes de efecto» (Maldivia, 2009), excelentes, por cierto, por los críticos del mercado cinematográfico demuestra que la estética no es algo banal, y menos de mercado. Justamente, si el sentido de la palabra estética existe es porque existen los sujetos que aspiran desde el interior a la felicidad y belleza del placer interior potencializado y objetivado en el objeto sexual. Por lo tanto, la estética es la actualización del aura del pasado en el presente, banalizado en el mercado prostituido de la cotidianidad. La cinta, en su desarrollo, nos vuelve a recordar, en cada uno de sus 4 capítulos, que las profundidades del erotismo cuestionan el Ser antropológico, naturalizado en la reproducción del «dolor», el «sufrimiento», la «desesperación» y los «tres mendigos», títulos de cada uno de los fragmentos de vida llevados a la pantalla. A manera de conclusión, estos últimos, los mendigos, aparecen anunciando la salvación en la muerte, es quizás la reconciliación de la naturaleza, nuestra naturaleza relacionada con el erotismo y el pecado contra la prohibición. En este sentido, el título, Anticristo, plasma lo que Walter Benjamin (2005), en su tesis VI sobre la Historia, define como la representación de la maldad que no ha dejado de vencer las múltiples luchas para alcanzar la felicidad deseada. El epílogo de la película es el triunfo de la racionalidad dominante —el marido-quema a la bruja —esposa y mujer— que, hasta el final de la película, no se deja curar de su deseo, precedido del prólogo que es el objeto del acto sexual, tanto del interior realizado como del pecado y la culpa que, interiorizada a lo largo la película, se rebelará hasta la muerte, buscando lograr el pacto del interior —erotismo— con el exterior, el hombre y la naturaleza de la animalidad y el deseo. Bastardo, vas a dejarme, grita en la desesperación de la soledad!

En otras palabras, el arte cinematográfico del Anticristo rescata las significaciones de la belleza interior, la felicidad de la vida que lucha contra la muerte de la repetición de la moralidad. Para nosotros, como lo mencionamos anteriormente, las imágenes destacadas en esta cinta son la «mentalidad creadora» de la estética, en medio de los «olores de carne podrida» del mundo, diría el crítico de cine Siegfried Kracauer (1961: 9). Son configuraciones de transfiguraciones teológicas, posibilidades de frágil experiencia mesiánica de redención —diría Walter Benjamin (Op. cit.)— de mujeres castigadas y quemadas, asesinadas en la historia del genocidio aplicado en el Jardín de las delicias, la naturaleza del Edén.

Anticristo

A pesar de haber calificado a Lars von Trier de Punk retrasado (Punk retardé), de tener excesos monstruosos y manipuladores fuera de tiempo (Gaël Golhen, 2009) y de ser ultra violento y misógino (AlloCine: 2009), por exponer a la mujer como culpable del placer del hombre, podemos sentir que, en la oscuridad de la sala del cine, las luces del erotismo desplegado y expandido por el Anticristo hacían gala del tiempo moderno en nuestro cuerpo. Desde el interior, nos preguntamos porqué la ansiedad del dolor y sufrimiento, después de tanto erotismo en las primeras imágenes, nos excitaba a pensar que las imágenes interiores del acto sexual eran algo más que simple pornografía del mercado. Esta película es una denuncia a la culpabilidad y castigo del deseo, una crítica radical a la prohibición milenaria del erotismo objetivado. Desde el inicio de la película, el prologo-objeto-sexo no separa el objeto interior del cuerpo en absolución, en contacto con el exterior, otro cuerpo realizando el origen del mundo del conocimiento del bien y del mal, pero también la condena y el castigo a sangrar, trabajar y parir hasta la muerte. Es un viaje a los interiores del deseo en acto, una mirada al pasado que prohibió la realización de este encuentro. Si el objeto-sexo existe en nosotros, es porque existe la objetividad del deseo en el interior que se realiza, a pesar de todo, con el exterior que se lo impidió y se lo impide.

Al mirar la cinta, podemos sentir que no se trata del objeto, sexual, sin la sensualidad de la interioridad conectada con la exterioridad del placer. Todos los objetos se mueven alrededor de los cuerpos sensibles con el exterior. El interior sale para encontrar el contacto con el Otro, el interior se derrama hacia el exterior. La llave de agua deja brotar el agua para unificar en el deseo los cuerpos de los actores, hasta el olvido de su desaparición como cuerpos. La mirada de los actores deja salir el interior para conectarse con las gotas de agua. El vapor, invadiendo el espacio y la piel para mezclarse con el sudor de los cuerpos, se escapa, libre, por el extractor, para alcanzar y juntarse con la naturaleza, el exterior, la nieve del invierno. El interior sale en todas sus dimensiones para el regocijo del orgasmo; las miradas de los actores se conectan con las miradas de los espectadores, se abren todos los sentidos, incluso las ventanas, las puertas, la cuna del niño; la botella que se derrama es la felicidad, tan fuerte que la madre no escucha el control de sonido (incluso el padre tampoco, cuestionado durante la película), la realidad que le impediría seguir sus sueños con esa misma realidad.

Referencias bibliográficas

AlloCine, (2009), «Anticristo de Lars Von Trier (competition)»

Bataille, George, (2008), La felicidad, el erotismo y la literatura, Buenos Aires, Adriana Hidalgo.

Golhen, Gaël, (2009), Première, «Réactions partagées à la sortie de la projection»

Kracauer, Sigfried, (1961), De Caligari a Hitler. Historia psicológica del cine alemán, Argentina, Ediciones Nueva Visión.

Maldivia, Beatriz, «Cannes 2009: ‘Anticristo’, de Lars Von Trier, o la angustia»

Walter Benjamin, (2005), Tesis sobre la Historia y otros fragmentos (Traducción y presentación de Bolívar Echeverría), Contrahistorias, México.

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