Una noche en Macuspana por Carlos Oliva
Llegué hasta ahí para conocer la Constelación del Pejelagarto. Esto no lo supe, sino luego, cuando mi hijo murió.
Ahora vivo en Jonuta, el último lugar antes de los pantanos.
Yo los conozco bien, me he castigado recorriendo los manglares ocultos y buscando los lagartos negros que se come la gente de por aquí. Cuando tomo pox, me gusta recordar.
Salí un día con una carga de cervezas desde Campeche. En Champotón reventé una llanta, como estaba planeado, y, ahí mismo, rellenaron los neumáticos con la droga. Todo era habitual, nada indicaba algún cambio. Hice la misma ruta. Bajé por la costa desde la carretera número 180. Circulé por un desfiladero similar a la Bahía de James en Canadá, al Golfo de Carpentaria en Australia, a las Penínsulas de Shandong en China y de Yamal en Rusia, al furioso puerto de Liverpool en Inglaterra. Todos los he visto con mis propios ojos, los he recorrido y he sentido que en esos codos de tierra ningún Dios existe. En ellos sólo hay un aire sin demonios, un frío inmarcesible y un horizonte sin destino.
Aquel día aceleré para salir de esos kilómetros irreales. Lo debí intuir cuando detuve el camión y bajé a orinar. Caminé hasta la playa y salté la barda de piedras apiladas que quieren detener el avance del mar. Volví a ver las palmeras muertas, esos cabellos quemados a los que la tierra les impide desplomarse y descansar. El mar, el aire y el sol eran una sola placenta vacía.
Cuando llegué a Ciudad del Carmen, ese puente interminable me volvió a indicar que estaba en el fin del mundo. Las aguas contaminadas y salobres recalaban sobre aquella barra de metal frío. Al conseguir abandonar el puente vi las casas de lámina y madera al pie del puente. ¿Por qué no escapan de ahí?, ¿por qué no se mueren? Nunca he visto desesperanza comparable a la de aquellos los acantilados artificiales. Ni siquiera en las ciudades de frontera, con sus decenas de yonquis que han decidido vivir en el final de un país, he podido ver la soledad inmerecida de los niños que corren bajo los puentes, en medio de aquellos mares de pus.
Volví, como siempre que hacía el viaje, a parar en San Pedro. Y me tranquilizó el inicio de otro paisaje demente. Los pozos petroleros en medio del mar, las lagunas y la noche. Los barcos yendo y viniendo hacia las fuentes ennegrecidas que sacaban las pulpas más pútridas de la tierra. Pero era preferible. El calor empezaba a dominar el aire, la gente usaba ropas ligeras y estaba viva.
En Nueva Creación se pinchó otro neumático, pensé que había sido un accidente y que esto me traería grandes problemas con la droga, pero ni siquiera tuve tiempo de preocuparme, porque las luces altas de un jeep me pusieron sobre aviso de que no se trataba de un accidente. Salté del camión al tiempo que oía las ráfagas de fuego cruzar la noche. Pequeñas luces artificiales que no podrían competir con el fuego de los pozos de petróleo.
Usé mi pistola para robar un auto en el pueblo y con él avancé hasta Macuiltepec. Ahora sabía que no podía regresar ni avanzar. En Villahermosa iba a encontrarme con quien se cercioraría de que todo marchaba bien. Nada estaba bien ya. Hacia atrás del camino, la gente del otro cártel tendría también, no obligación, tan sólo ganas de matarme. Maldije mi suerte y me adentré, a pie, hacia el Este. Esa fue mi primera noche de los pantanos. Todavía hoy siento el mismo miedo inicial; pero ya no regresa envuelto en el pánico que me paralizó, por horas, en un rezo frenético y que me hizo vaciar mi pistola contra algo o alguien que aún hoy no sé qué fue.
Al amanecer, el hambre y los pobladores me ayudaron. Me condujeron a una estación de tren y ahí abordé aquella serpiente irreal. Refugiado entre las pacas de mierda que transportaba esa máquina caduca, llegué a Estación Macuspana. Utilicé mi pistola vacía para robar un auto y un poco de dinero. Y fui a Macuspana.
Compré ropa y me hospedé en un hotel que se apostaba en la entrada de la ciudad. Después de tomar un baño, fui a la carretera para ocultar el auto y abandonarlo. Era demasiado noche para decidir qué hacer, sólo me dejé llevar al pueblo. Entré primero en la Barra 1 y después en la Barra 2. Cantinas baratas, llenas de macuspanos que bebían sin tregua y sin fin. A las doce de la noche, el hermoso poblado iluminado y lleno de vida estaba convertido en un mundo dormido. Crucé la calle de Insurgentes y busqué la plaza central, cuando vi un letrero que me llamó la atención:
«Se vende ropa bonita para mujeres en buen estado.»
Junto al letrero había una dama hermosa, vestía un traje negro que resaltaba sus labios rojos. Caminó rápidamente y entró en la Iris. La seguí. No me sorprendió lo que vi. Una huerta llena de perfumes, juguetes, hamacas, ebrios, mujeres bellas y horribles, plantas. Al cruzar toda esa maleza apareció lo que seguramente fue la sala principal de la casa. Ninguna pared podía respirar, todas estaban sofocadas por figuras de artistas, carteles de películas, mapas, ollas, jarros, botellas de vino y máscaras de luchadores que habían sido ofrendadas a aquel santuario. También había un conjunto de ancianos tocando corridos y polkas y muchas mujeres y hombres bailaban y se reían en un frenesí interno. Sin embargo, todo esto lo reconstruí después, cuando entré sólo estaba ella. Todo lo demás era sombra.
Me enamoré sin demora y sin esperanza. Era la dueña del lugar y esperaba siempre a alguien. No era yo. La casa donde estábamos se la había dejado un hombre llamado Lucio, que tenía como oficio navegar y contrabandear droga. Trabajaba en mi misma vida. Quizá nos habíamos visto antes. Ahora yo tenía su destino. Pero él había llegado primero a Macuspana y eso lo convertía en la cara no borrada de la moneda. La conoció y se quedó aquí hasta que logró enamorarla y la llamó la Reina Roja.
Cuando supe toda la historia me emborraché, fui tras ella y le pedí una oportunidad, una esperanza mínima y contestó soberbia, Ni nadie ni nunca vivirá en mi corazón. Es de él. Le pertenece como me pertenece mi vida.
Pero me invitó una copa y se suavizó, y no le fue indiferente que la tocara. Sonrió. Nos emborrachamos juntos y fuimos a su cuarto y la amé con devoción y no sufrí en cada momento en que me llamó Lucio.
Sólo después, la segunda vez, la golpeé. Fui cobarde y fui traidor. La hice entrar en razón y entendió que yo no era ni quería ser Lucio. Fue cuando sus ojos despertaron y me di cuenta, por primera vez, porque la había llamado la Reina Roja. Me intentó correr y golpear y yo me derrumbé ante la posibilidad de la dicha y no encontré palabras para pedir perdón.
Al tiempo que la forzaba tomó un cuchillo y me abrió la cara y un brazo. Me levanté al tiempo que le gritaba Puta barata.
Entonces, creí que me largaría por siempre.
Comencé a vivir bajo el puente de Ciudad del Carmen. Primero lo hice para esconderme de los asesinos que andarían buscándome. Después ella vino implacable a mis sueños y yo permanecí en esa tumba mientras encontraba fuerzas para regresar.
Cuatro meses después lo hice. La cantina Iris estaba cerrada y ella, me dijeron, no había vuelto a salir de casa. Corría el rumor de que estaba embarazada. La busqué, toqué una y mil veces sus ventanas. Un día casi tiro la puerta, si no es porque la policía llegó por mí. Entonces empecé a vivir en las afueras del pueblo, comiendo lo que encontraba, trabajando en oficios miserables, hasta que un día la fui a buscar y ella deslizó un recado por la puerta. En septiembre nacería mi hijo y entonces podría entrar.
Sólo faltaban dos meses. Cambié por completo. Comencé a trabajar febrilmente, ahorré dinero. Septiembre llegó. La partera me dijo que la vería el día 3 y que yo sería recibido el 10.
Llegué. Con ropa nueva y regalos. Había pasado a tomar unas copas e invité varias rondas en medio de adornos patrios y jolgorios previos. Toqué la puerta y ella abrió. Caminó sin decir nada y se sentó en el centro de la cantina, junto a una mesa donde había una cuna. Me indicó que me acercara pero que no viera al niño. Entonces se paró, fue tras la barra, sacó algo de un cajón y dijo Lucio murió poco tiempo después de que yo te conocí. Sólo de él es mi corazón y mi vida. Toma tu hijo, algún día lo tenía que echar para poder seguir a mi Lucio. Ahí lo buscaré, entre los pantanos. Seremos parte de una constelación.
Al terminar de hablar se llevó un revolver a la boca hasta que chocó con su paladar. Yo temblaba; y cuando descubrí al niño, vi que estaba muerto. Salí con él entre mis brazos, lo enterré en los pantanos, aquí, donde flota la Constelación del Pejelagarto.
Carlos Oliva
Ciudad de México, 1972. Escritor y ensayista. Obtuvo el premio Nacional de Ensayo Joven «José Vasconcelos» 2001 con Deseo y mirada del laberinto, y el Premio Nacional de Ensayo Literario «José Revueltas» 2003 con La creación de la mirada.