Travesía hasta el límite de la noche por Rodrigo Pardo Fernández
Llego hasta la estación de tren. Son cerca de las once y cuarto de la noche. La calle está vacía. A mis espaldas se aleja el bus. Delante, las ventanas iluminadas de la estación parpadean. Veo mis manos bajo su claridad. Parecieran manchadas de aceite. Aprieto el bolso contra el cuerpo y camino hacia la luz.
Cruzo entre cuerpos dormidos. La ventana opaca de la taquilla no permite apreciar el interior. Pido un boleto directo a una ciudad de otra provincia. Una mano de uñas largas, pintadas de morado, me extiende un papel sellado. La dueña de las manos me indica que son sesenta euros. Pago con un billete de cien y hago un recuento mental del dinero que me resta para el viaje. Me alcanzará para un mes, a lo sumo. Quizá sea suficiente. Sonrío.
Mientras guardo el cambio miro alrededor. Luces de neón sucias de polvo, asientos de plástico. Una multitud se extiende en todas direcciones, rodeada por bultos y hatos de diversas formas. Recuerdo el rostro de Verónica, sus ojos abiertos reflejando un resplandor tenue. Camino hacia el andén, sintiendo cómo los vaqueros se pegan a mi piel. La tela se siente acartonada. Tengo frío.
Verónica solía preparar sendos chocolates para pasar las tardes de lluvia. Nos abrigábamos con gruesos jerséis y veíamos el mundo por la ventana. Charlábamos hasta tarde, cuando las luces se encendían a lo largo de las aceras. Ella se ponía entonces de pie y encendía algunas velas, aquí y allá.
Uno de nuestro juegos predilectos consistía en imaginar la vida de quienes, allá abajo, pasaban caminando, ignorantes de nuestro escrutinio. Por lo general Verónica salía triunfadora, inventando tramas novelescas, amores subrepticios, abandonos, llanto, intrigas. Yo la miraba conducir historias en nuevos tejidos vitales, y sonreía. Nuestra intimidad sólo podía verse interrumpida por una llamada telefónica o la visita inesperada de algún amigo en busca de refugio. Entonces Verónica centraba su atención en otra parte, y yo solía inventar alguna excusa para marcharme.
Las vías del tren se vuelven difusas en la oscuridad, más allá de las luces que cuelgan de gruesas cadenas a lo largo del andén. Recuerdo un cuento de Juan José Arreola e imagino que el tren podría no llegar o llevarme a ninguna parte. Sin embargo, la certeza del billete en mi bolsillo permite que regrese a la sala de espera y busque un asiento donde acomodarme. La fila de sillas más cercana a la corriente de aire muestra algunos huecos. Pienso en la calle donde estaba mi hogar, antes de Verónica, en un espacio difuso, por las noches, cuando a vuelta de rueda los autos buscan un espacio para aparcar.
Al entrar al departamento y colgar el abrigo encontraba a Julián sentado en la sala, leyendo un libro o revisando los trabajos de sus alumnos. Su expresión aparentaba indiferencia, pero la rigidez de su actitud traslucía su incomodidad. Le daba un beso en la frente, colgaba el abrigo a la entrada y me dirigía a la cocina a hacer la cena.
Acostumbrábamos sentarnos en el comedor, con todas las luces encendidas. Mientras él colocaba platos y cubiertos yo hacía algún bocadillo, quizá una ensalada. Calentaba café o té, algunas tostadas de pan de caja. Cenábamos conversando de sus clases, los gastos inmediatos, sus proyectos de estudiar una maestría. Andrés encendía el televisor para mirar las noticias y yo recogía la mesa, lavaba los trastes planeando la siguiente jornada. Temprano ir de compras, escribir la nota para el periódico y enviarla a la redacción. Más tarde, si Julián podía, encontrar el tiempo necesario, preparar la comida, asear la casa.
Con frecuencia esperaba que él se retrasara o llamara por teléfono para disculparse, ya que así tenía más tiempo para mis silencios, o bien para asistir a alguno de los cócteles y presentaciones que luego comentaría en mi columna. Era mejor que dar explicaciones o aparentar interés por la conversación de Julián, quien solía quejarse continuamente entre bocado y bocado de su inestable situación como interino, su bajo salario.
Además, de esa manera podía visitar a Verónica camino a casa.
Tras un rato tengo necesidad de orinar. El frío del ambiente, supongo. La pequeña bolsa que llevo al hombro parece no pesar nada, pero contiene cosas que no puedo abandonar. Algo de ropa, mi espejo, un lápiz labial, la cartera, pañuelos desechables; una foto de Verónica. Busco un letrero en la estación que indique los servicios. Los encuentro al fondo, la puerta escondida tras un muro falso. Camino hacia allá, sintiendo cómo el movimiento vuelve urgente la presión en el vientre.
Los servicios son de mosaicos verdes, encuentro un apartado desocupado y me encierro. De alguna manera, quizá por los graffiti, me recuerda el autobús atestado donde conocí por vez primera a Verónica. Ella estaba enfrascada en la lectura de una novela que creí reconocer, escrita por una mujer, y cuando alzó la vista me sorprendió intentado entender algunas líneas. Me disculpé con un poco de embarazo, Verónica sonreía. Resultó que leía regularmente mis colaboraciones en el diario y había mirado mi rostro en algún reportaje gráfico. Ella estudiaba danza en Bellas Artes, cuarto curso. Debí suponerlo por las mallas, la amplia sudadera, el cabello recogido en la nuca con una goma de tela colorida. Vivía cerca. En la siguiente parada podemos bajar y te invito un café, dijo. De acuerdo. Muy bien, qué bueno resulta al fin y al cabo abrir de vez en vez la prensa. Estoy de acuerdo, consentí, y la acompañé hasta su piso en el centro de la ciudad. Conversamos bromeando sobre el mal estado de las calles, el caminar desgarbado de varios muchachos apresurándose para encontrar un bar abierto. Reíamos a cada paso, Verónica se mostraba encantada con mis palabras, y yo me sentía relajada en su compañía.
Julián apenas notó mi aire ausente. Aprovechó el distanciamiento para encerrarse en la suficiencia de profesor universitario, agobiado por el trabajo. Las cenas juntos se tornaron mero trámite, conversaciones aparentes, preguntas y respuestas automáticas.
—Qué tal el trabajo.
—Bien, gracias.
—¿Qué cuentan los estudiantes?
—Es lo de siempre, ya sabes, no les interesa nada.
—¿Has leído mis artículos?
—Claro, me gustaron mucho.
—Gracias (somos extraños, aunque no lo digamos en voz alta).
—(Lo sé, mujer).
En el primer encuentro a ella no pareció importarle la diferencia de edad, así que me permití la libertad de vestirme con una blusa escotada y unos vaqueros, zapatos abiertos. Verónica abrió con un jersey hasta las rodillas, color verde agua, y medias negras. En el recibidor había un revistero con diarios de la semana, y adosado al muro un espejo con marco barroco, dorado. Me dio un beso ligero apenas entrar y cerrar la puerta, muy cerca de los labios.
Fueron muchas tardes, un escape. Otra vida.
Me sonrío, sola, recordando. Frente al espejo del servicio de la estación de trenes mi apariencia es desaliñada. El cabello escapa de los broches, la gruesa chamarra desdibuja mi figura. El agua del grifo está helada, mojo mi rostro. Miro de nuevo el espejo. No he despertado, sigo aquí. Salgo a la sala de espera y me ubico de nueva cuenta cerca de la puerta abierta. Me permite sentir que puedo escapar en cualquier momento. Que esta decisión, este estar aquí tiene sentido.
Verónica me miraba como si todo lo que yo representaba le fuera ajeno, pero a un tiempo necesario. Para entenderse o entenderme, no lo sé. Yo la percibía como la chica que nunca fui, que nunca seré. Viviendo su vida. Sola. Ajena a los otros, a dependencias y costumbres de la cotidianidad. Solía mofarme de su indiferencia ante los compromisos, su abierto rechazo de la familia como institución. Me miraba entonces con cierta ironía, hablaba de la realización personal, de que sólo tenemos una vida. Le creí, y aún le creo.
Siento el ambiente frío, el aire que corre entre las columnas y los pasajeros que esperan el arribo del próximo tren. Pienso en los días, la suma de palabras en el vacío y cafés que perdieron su aroma que hicieron que al fin Verónica se mostrara distraída mientras mirábamos una película, o comíamos un pedazo de tarta, sentadas una frente a la otra en los sillones de su sala. Quizá no la entendí, no tomé la iniciativa que volviera tangible su deseo, o el mío. Las últimas tardes en que la llamaba para vernos solía poner algún pretexto, o la encontraba con una de sus compañeras de la academia haciendo ejercicio, repasando secuencias a partir de anotaciones cifradas en su libreta de pastas azules.
Llegué a su casa y toqué el timbre. Nadie me abrió la puerta. El silencio. Esperé cerca de media hora su regreso, pero al fin miré el cielo nublado, la calle y el viento entre los transeúntes. Estaba sola, de nueva cuenta. Su ausencia era un claro anuncio, la despedida perfecta. Caminé el largo trecho a casa, bajo un frío intenso que me obligaba a abrazarme con fuerza a pesar de la rebeca, el cabello suelto sobre los hombros. Sobre las aceras se arremolinaban las hojas caídas, algún papel caído de la carpeta descuidada de un estudiante.
Julián me esperaba en la cocina, bebiendo un café. Apoyaba las dos manos sobre la barra, y miraba la taza con detenimiento. Hice un esfuerzo por aparentar interés.
—¿De dónde vienes?
—Hola. ¿Perdón?
—Que qué hacías.
—Fui a ver a Verónica.
—Eso pensé. Parece que ella es más importante que yo.
—No digas tonterías.
—Más importante que nosotros.
—Buen punto: ¿cuál nosotros? ¿De quiénes hablas?
—No seas tonta, de nuestra relación.
—No lo soy, pero ya no recuerdo qué significa hablar de nosotros.
—Eres desesperante, con esas ínfulas que te das desde que colaboras en ese periodicucho.
—En algún momento pensé que te gustaba que escribiera…
—Nunca lo has hecho bien.
—¿Eso crees?
—Sí.
—Imbécil.
—Estúpida, y ahora además resulta que no te gustan los hombres.
—Quizá. No lo sé. Pero es algo que debí pensar hace tiempo. Y no te importa.
—Cómo no, eres mi esposa.
—Ya no.
Fui hasta el dormitorio antes de que pudiera responderme. Metí unas blusas y mudas de ropa interior en un bolso de mano, artículos de tocador, mi cartera y el libro de un hombre que escribía cartas a sus hijos desde el corazón de la selva. Me acosté sobre la cama sin deshacerla y me quedé dormida.
Al día siguiente Julián me miró sin reconocerme. Era la tarde entrando como rayos de sol a través de la ventana. Sentada en el sofá, las manos cruzadas sobre el regazo, lo vi como una bestia, en un claro del bosque, sorprendida por un árbol en el que no había reparado antes, ahora desgajado, otro.
—(Me marcho) —repetí para mis adentros, y eran dos palabras contenidas, que guardaban dentro de sí un significado que latía en la habitación, rodeando mi cuerpo y a Julián, de pie en el quicio de la puerta que da al comedor.
—(Estás loca) —pensó y se dio la vuelta hacia la cocina, abrió el refrigerador, lo pensó mejor, lo cerró y subió las escaleras hasta el estudio. Escuché que corría el pasador de la puerta.
—Aquí estoy —me dije en un susurro para confirmar la sensación de la tela tersa de los cojines, la lana rozando mis brazos, como una caricia ansiada.
El sol fue declinando con el paso de los minutos, como si los lazos que me unían a esa casa, a ese espacio habitado por nosotros se fueran desdibujando con el avance de las sombras en los muros. Comencé a sentir un poco de frío, me abracé los hombros y seguí sin moverme, de cara a la ventana. Algunas farolas comenzaron a encenderse en el horizonte, como los ojos de la ciudad mirando la noche. Me puse en pie y subí despacio los escalones, llegué hasta el dormitorio siguiendo con las yemas de los dedos los accidentes de la barandilla.
Encendí la luz. A un lado de la cama estaban un par de maletas pequeñas, mi bolso, y la certeza de la partida. Me sentí desencantada, débil ante la perspectiva de una mañana en soledad. Entonces miré la mesilla de noche de Julián, su despertador, su lámpara con pantalla de papel, nuestra foto del viaje de novios, y recordé que había estado sola los últimos años, pero que había tardado en comprenderlo.
Tomé las maletas y salí a la calle. Desde la acera, alejándome con pasos ciertos bajo la luz difusa de los halógenos, vi la ventana iluminada del estudio, abierta. Miré hacia arriba, a la noche, y sólo percibí oscuridad. Desde alguna parte, hacia el norte, me llegó el sonido de un motor acelerando en la carretera, alejándose sin remedio. A mi alrededor la gente comienza a ponerse de pie, reúne sus bultos y cajas embaladas, se acerca al andén. Miro el reloj. Son casi las doce. Camino afuera, bajo las islas de luz.
A la derecha, desde la oscuridad de la noche, se escucha el arribo del tren.
Rodrigo Pardo Fernández: Oaxaca. Narrador y ensayista. Realiza su doctorado en Teoría Literaria en la Universidad de Granada, España. En los Premios a la Creación Artística y Científica para Estudiantes Universitarios de la Universidad de Granada, fue reconocido en 2006 en la modalidad de teatro.