“Travesía de un cantar en llamas” por Jorge Pech Casanova
Pocos poemas escritos en México implican una travesía tan abrumadora como la que contiene Sobre la tierra de los muertos, de Javier España. Trayectoria de un devastador impulso, no vacila en volverse contra sí misma, como un incendio, y al transitar en la historia reenciende centellas inesperadas en hitos de la ciencia, la filosofía y del misterio humano. El punto de partida es una ciudad acaso más poblada de leyendas que de gente: la Alejandría de la biblioteca mayúscula y el faro maravilloso, la Alejandría que un emperador fundó, que un incendio mermó y que los siglos asediaron sin conseguir devastarla.
Ese viaje con puerto inicial en Alejandría incluye una expedición por literaturas dilectas. La clásica de los helenos, desde luego, pero también la moderna de los griegos como Cavafis, y aun la de naciones que la Hélade jamás soñó: las alucinaciones portentosas de ciertos alemanes, el desengaño sentencioso de los españoles, y el mestizaje caribeño, que canta en lenguas de Europa con acentos de América y África. Reiterada vuelta al mundo: en el crisol de civilizaciones que es el Caribe (pues Javier España vive y crea en una ciudad minúscula a orillas de ese mar), toda palabra implica un largo recorrido desde continentes lejanos para confluir en la tierra donde habitan los descendientes de viajeros procelosos.
El decurso que emprende el poeta por las heredades del lenguaje se singulariza, ade-más, por el ánimo que lo preside: una fría fiereza que no pretende colonizar sitio alguno, sólo denostar toda posesión, todo afincamiento en falsas persuasiones. Testimonio de expatriado por voluntad propia, cumple una de las condenas más difíciles: desterrarse sin partir, replegarse hacia el interior hasta hallarse homeless. Y sin embargo, el poeta que nos habla en esta obra es el inevitable morador de un paraíso perdido en un incendio, bajo la forma de una biblioteca.
Itinerario de un rudo explorador de los abismos cotidianos, estos poemas sangran y supuran malandanzas, descarríos, desahucios. Fueron meticulosamente dispuestos pa-
ra señalar una enajenación de cuanto quisiéramos inscribir como propio del ciudadano. En esta bitácora surge uno de los más amargos catálogos del hombre liberado de todo, hasta del respeto por sí mismo. Y sin embargo, allá en el fondo de su experiencia brilla la fama de Alejandría…
El mapa de este recorrido minuciosamente trazado con palabras, con lamentos burlones, con injurias autoinfligidas que se extienden a la humanidad, implica una defensa mediante la propia aniquilación. Guardián paradójico de su dignidad asediada por minúsculos oprobios, el poeta se aniquila con su escudo por excelencia: el lenguaje.
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De las defensas que pueden invocarse contra la realidad, el lenguaje es de las menos eficaces y, sin embargo, una de las más socorridas. Acaso porque el lenguaje permite reconocer en el otro, en los otros, la condición falible del ser humano. Acaso porque las experiencias fallidas sólo pueden transmitirse por mediación del lenguaje, no para corregirlas o evitarlas, sino para constatar su condición de patrimonio común —condena para todos.
¿Hacia qué ámbito de la experiencia humana volver la mirada —o el paladar— a fin de ahorrarse este amargo manjar, el menoscabo? Ciertamente, el ámbito de la historia no es el recomendable para degustar victorias, pese a las múltiples que prodigan los libros del género. Toda crónica de pretéritas ráfagas de logros, con el paso de los años y la narrativa, deviene presentes sucesiones de difuntos, es decir, quebranto, deterioro, merma.
Sin embargo, la historia signa el espléndido despliegue de lenguaje que Javier España ha transmutado en revelación; esto implica la ineficaz pero obstinada defensa contra un ciclo de calamidades que nombramos nuestro tiempo; espacio temporal, también, de los otros, de los ausentes en quienes hallamos confirmación de un destino común.
Sobre la tierra de los muertos, entre los libros más recientes de Javier España (pues trabaja en varios al mismo tiempo), pareciera a primera vista una vuelta a los símbolos en que el poeta se mueve con soltura porque los ha frecuentado durante su tenaz lucha con el ángel, pues esto es la poesía: un combate con las posibilidades y las potencias sagradas del lenguaje para cifrar la existencia en una serie de vocablos. Sin embargo, la recurrencia de los símbolos usuales en este creador implica, en este volumen, una puesta en evidencia de los fundamentos de su poética.
En Sobre la tierra de los muertos, los signos y señales que fueron sostenidos como cualidad en libros precedentes —la lluvia, el fuego, la otredad, la introspección—, son sistemáticamente demolidos por el poeta, con base en un complejo sistema de referencias que lleva rememorar otros poemas suyos, además de las constantes alusiones a otros poetas. No es casual su tema de inicio: la biblioteca de Alejandría, el ejemplo culminante de que el conocimiento y la historia humanas —con sus edificaciones fastuosas, sus sistemas y registros meticulosos— resultan, como diría el Eclesiastés, vanidad de vanidades.1 Al volver la mirada hacia esa legendaria institución que cobijó tanta ciencia, tanto sueño y tal poderío, el observador encuentra, ya no ruinas, sino algo mucho menor, el puro regusto de lo devastado.
En tal paisaje, compuesto por una sucesión de estragos, surge el protagonista de esta diatriba poética: un individuo que se desvinculó de la sociedad para llevar la vida del vagabundo, aunque sin la docilidad del paria; este personaje es un sabio amargo, absolutamente desencantado, que reconsidera la historia como un decurso de miasmas, y la expone sin cuidarse de matices. La voz pudiera ser de la Holderlin, poeta enloquecido que se tituló a sí mismo «bibliotecario magno», como símbolo de que la erudición nada puede contra algún resorte irracional que dispara el infortunio. O acaso el hablante que se atormenta a sí mismo es la evocación del diplomático Alexis Léger-Léger, quien demandó la guerra mundial cuando pudo conjurarla, y que años después buscaría redimirse en su personificación de Saint-John Perse, con la espléndida consideración poética de mares que son amargura, pero también marcas en la historia. Con estas presencias canónicas, se invisten los poemas de Javier España para resplandecer en un entorno concebido como la comunidad del albañal. En esa figuración, hay reminiscencias de la rabia de otro poeta mayor caribeño, Aymé Césaire, y en la conciencia histórica asoma asimismo el ejemplo de Derek Walcott, para confrontarse con la poética de un mexicano del Caribe que por primera vez puede reclamar igualdad ante esas voces con su desgarrado clamor propio.
Raras son las obras capaces de sostener una difamación contra la humanidad sin convertirse en mero vómito. Piensen, por ejemplo, en el misántropo Swift y en el curioso destino de su Lemuel Gulliver, concebido como denigración de la humanidad, pero albergado en las bibliotecas, al cabo de muchas tergiversaciones, como aventura para infantes. Difícilmente el libro de Javier España recorra el camino que va del terrorismo verbal al ensueño; su entramado tan complejo como virulento fuerza al lector a nunca perder de vista por qué fue compuesto este alegato:
Acaricio en secreto mi última moneda/encontrada en la prehistoria del fracaso interminable;desahogo mi vejiga traicionera/ante la desatención de un puñado de público ebrio/que observa cómo dos hombres en riña se rompen la madre./No soy testigo de la razón ni de la fe./Otros ácidos vienen y van;/devoto del éter, vuelo./Otra muerte inaugura el día
El veneno que concentra este lenguaje ejerce las funciones de antídoto. Después de apurarlo es posible resistir los minúsculos desastres que se acumulan con los días, porque su contenido proviene de la destilación de interminables catástrofes. La sabiduría que el poeta adquiere y comparte es acre, pero saludable. Acaso más saludable de lo que quisiéramos, como aquel otro antídoto que frecuentaba Mitrídates y que, en el momento decisivo, le impidió morir aunque el astuto monarca ansiaba extinguirse.
Entre dioses y moscas hemos vivido toda la vida.Con matamoscas y matadioses hemos sobrevivido toda la muerte./¡Qué desperdicio de furias y soledades!
Este despliegue de ignominias puede transitarse porque está diestramente entretejido con reminiscencias de una esplendidez: la de la ciencia y la imaginación que contuvo algún día la biblioteca más famosa del mundo. Por sus corredores de palabras desfilan los bibliotecarios magníficos y los investigadores geniales: Dionisio de Tracia, Apolonio de Pérgamo, Demetrio de Falera, Zenódoto, Hiparco. Nombres que no se desvanecen porque alguna vez fulguraron con el fuego de la sagacidad. Y en torno a ellos resplandecen aún más las figuras de Euclides, geómetra, e Hipatia, astrónoma perseguida y asesinada por cristianos fanáticos. Contra la fugacidad de la vida humana, el emblema de los astros es sostenido en estas páginas como signo de invulnerabilidad, de constancia. Claro, esta invocación a la magnificencia del cosmos no desvanece el acíbar con que Javier España ha consolidado su libro, pues, como dice Steiner, «Esperar contra toda esperanza» es una expresión vigorosa pero en última instancia condenatoria de la sombra que arroja el pensamiento sobre la consecuencia. Las sombras de la biblioteca y del faro maravilloso se proyectan sobre la miseria humana pero no la remedian ni la esconden: la hacen tolerable, tan sólo.
Finalmente, entre las certeras invectivas que este volumen prodiga, complace hallar una condena al facilismo de cierta «lírica coloquial» que durante muchos años hizo falta en autores mexicanos. Javier España al fin ha logrado formular una justa sentencia a la favorecida trivialidad, con elegante cólera:
Estos verseros de la mierda lúcida,/mercenarios onanistas que pretenden/«cantar el dolor del mundo»/y sólo pueden escribir con un dedo metido en el culo,/se van retorciendo y pareciendo a sus (falsos) bastones,/a su retórica de relámpagos ensayados en su espejo/de trágicas niñas quiceañeras,/que engullen historias, templos,/frágiles victorias de las palabras./Algunos llaman, a este lloriqueo, simplemente oficio.
Así que al beber este vitriolo poético para curarnos de tanta mala escritura que puebla nuestra existencia en México, sólo cabe exclamar, ante el empuje de tal incendio literario, un jubiloso brindis por la llegada a puerto de esta poesía en llamas.
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1 He observado todas las obras que se hacen debajo del sol, y he aquí que todo ello es vanidad y aflicción de espíritu, dijo el pesimista autor bíblico. Muchas reminiscencias de ese desengaño suscita la poesía de Javier España, más la noción de una ausencia absoluta de divinidades.
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Jorge Pech Casanova
Yucatán, 1966. Autor de los libros de poesía Noticias del vencido (1994) y El viaje en plenitud (2007), y de los volúmenes de ensayo La sabiduría de la emoción (1998) y En tiempos de penuria (2005); coautor del libro de fotografía y ensayos Memorial de agravios. Oaxaca, México, 2006 (Marabú Ediciones, 2008). Miembro del consejo editorial de Luna Zeta.