Wednesday, February 22, 2012

La señora Velásquez por Tryno Maldonado

June 9, 2010 by admin  
Entrada en Narrativa

Cualquiera que llegara a conocer a la señora Velásquez podría jurar que se trataba de un ama de casa mediana y sin ambiciones más grandes que mantener limpio su hogar y tener la comida caliente y a tiempo para su marido y su hijo de ocho años. Y quien asegurara eso no se estaría equivocando en absoluto. La señora Velásquez era, en efecto, un ama de casa que mantenía limpio su hogar y que tenía la comida caliente y a tiempo para su marido y su hijo de ocho años. Así era la señora Velásquez.

En sus ratos libres, a la señora Velásquez le gustaba subirse a su coche modelo sedán, poner la radio y manejar por la carretera suburbana hasta uno de los miradores más altos de la región para quedarse ahí observando el horizonte sin hacer absolutamente nada más que fumar un cigarro alguna vez. La señora Velásquez jamás se había terminado una sola cajetilla. Cuando llegaba la hora de preparar la cena para su familia, la señora Velásquez subía a su coche de nuevo y regresaba con el tiempo medido para retomar su papel de perfecta ama de casa.

Pero decir eso es decir nada. El pasatiempo mayor de la señora Velásquez, aquello en que de veras concentraba toda su pasión y el caudal de sus impulsos mejor ocultos, era otro de un registro muy diferente. La señora Velásquez era una experta cazadora de león negro.

Podría decirse que la señora Velásquez era feliz. Ella misma lo decía cada que se presentaba la ocasión. Amaba como a nada en este mundo a su marido y a su hijo. Ni por error, en todos los años que tenía el matrimonio, se le habría ocurrido engañarlo o abjurar de su condición de ama de casa. La señora Velásquez de veras era feliz y nada le hacía falta.

En cierta ocasión la señora Velásquez recibió la noticia de que una tía había muerto. La señora Velásquez lloró con el teléfono pegado al oído para que su esposo e hijo se dieran cuenta de lo profundo de su tristeza. Lo cierto es que del otro lado de la línea no había nadie y que todas las tías de la señora Velásquez habían muerto hacía mucho.

El marido de la señora Velásquez le dijo que no se preocupara por la casa, que por qué no viajaba hasta la ciudad de su tía para estar en los funerales y de paso aprovechaba para estar una semana con los suyos. La señora Velásquez se negó en un principio, pero su marido insistió. Así fue que la señora Velásquez empacó sus cosas de inmediato, abrazó a su esposo y luego se hincó para besar a su hijo de ocho años. El niño la sujetó fuerte por los hombros y le musitó esto al oído: «Mamá, quiero que me traigas un colmillo de león negro para ponerlo en una cadena, por favor». La señora Velásquez se quedó vuelta de piedra. No dijo nada. Besó al niño en la frente esperando que su marido no lo hubiera escuchado y se marchó.

Nadie, ni siquiera su esposo, estaba al tanto de su afición por la cacería. La señora Velásquez mantenía en secreto una cuenta de ahorros destinada a financiar las caras excursiones a Namibia. La señora Velásquez era laboriosa y dedicada. Eventualmente y en secreto solía auto-emplearse haciendo manualidades o cocinando banquetes tradicionales por pedido en su casa. De aquí y de allá rascaba del gasto diario con el tesón de una hormiga para hacer crecer su fondo oculto. Cada cuatro años, en el mes más alto de la temporada del león negro, la señora Velásquez reunía el dinero necesario para volar hasta África y cumplir sus deseos más apasionados.

Cuando la señora Velásquez llegó finalmente a Namibia, un grupo de mujeres locales la recibió en el aeropuerto con familiaridad. Hubo abrazos y todo. Habían pasado cuatro largos años des de la última vez. Aunque no era de lo que puede llamarse un temperamento sociable, la señora Velásquez era de trato fácil y siempre le caía bien a la gente que la trataba. Las mujeres africanas le ayudaron con sus maletas y la condujeron hasta un oscuro guardarropa del aeropuerto. La señora Velásquez sacó una vieja llave del bolso para abrir un compartimento con el mismo número. El número era el 234. La señora Velásquez no era lo que suele llamarse supersticiosa, pero aquel número le gustaba. Del interior sacó un enorme estuche que contenía una escopeta de alto poder. La llamaba Wynona. No era que el nombre le gustara demasiado, incluso le parecía excéntrico, pero cuando la compró era lo que venía grabado en la culata.

A la señora Velásquez le gustaba cazar únicamente leones negros. El problema con ese tipo de presas era que no podía regresar a casa con sus trofeos. De sólo imaginar el grito que pondrían por los aires su marido y su hijo al verla entrar cargando una cabeza monstruosa, la llenaba a ella misma de terror. Como sus ahorros terminaban sin variedad siendo insuficientes, sus trofeos los repartía como pago entre las mujeres locales que la acompañaban de safari. Y vaya que la señora Velásquez había conseguido trofeos en su vida.

Cuando las mujeres locales que le servirían de guía tuvieron lista la caravana para emprender la excursión en busca del león negro, la señora Velásquez fue advertida de algo. «Querida señora Velásquez, antes que continuemos debemos decirle que la de este año ha sido la peor temporada de caza para el león negro de la que hayamos tenido noticia, la peor temporada de la historia. Nadie ha visto uno solo». A la señora Velásquez le sorprendió la sinceridad de esta confesión. Decidió agradecer la honestidad de las mujeres proponiéndoles lo siguiente. Pasara lo que pasara, matara o no mataran leones, ella se comprometía a pagar los cinco días de safari como en cada ocasión. Ni un centavo más, ni un centavo menos. Las mujeres locales abrazaron a la señora Velásquez y dijeron que la seguirían hasta dar con el más exquisito de los leones negros que sus ojos hubieran visto jamás, hasta el fin del mundo si era necesario.

El safari fue tal como se lo anunciaron a la señora Velásquez. Durante los primeros tres días no vieron más que polvo en toda la sabana. Al quinto y último día, lo más que habían conseguido avistar era un piquete de tristes suricatas que se atravesó en el camino de uno de los jeeps. Las mujeres que le servían de guía a la señora Velásquez estaban visiblemente fastidiadas. Ella les pedía un poco más de paciencia y les recordaba cada tanto su promesa. Pero ellas, que eran locales, no comprendían del todo la necedad de la señora Velásquez ante las pruebas irrefutables que le ofrecía la sabana. El león negro estaba extinto.

La última tarde en el campamento que levantaban cada día, la señora Velásquez hizo una última oferta. «Sé que ha sido una temporada mala para ustedes y sus familias. No pienso arri-esgarlas porque las considero mis hermanas. Pero si ustedes aceptan entrar conmigo en lo más profundo de la sabana en los tres días que vienen, yo podría pagarles lo doble a cada una para ayudar a sus familias». En un inicio la oferta ofendió a las mujeres, que tenían en tan buena estima a la señora Velásquez. Jamás le habían visto ese brillo en los ojos. Pero al final aceptaron continuar el safari más por lástima que por el dinero.

Lo cierto es que la señora Velásquez estaba irreconocible. Durante los siguientes tres días no dijo palabra. Durante las excursiones permanecía sentada en el cofre del jeep con los binoculares pegados a la cara y el rifle listo a la espalda. Su buen humor había desaparecido, y con él el de sus compañeras de caza.

Era de tarde cuando se cumplió el plazo acordado. La señora Velásquez, con todo el pesar el mundo, comenzó a levantar las cosas del campamento y a hacer su equipaje. Dio la orden a las demás mujeres de que hicieran lo mismo para volver a la aldea con las manos vacías. Y entonces fue que ocurrió. Una de las guías había ido a vaciar el intestino detrás de los matorrales cercanos a un descampado. Así es que cuando la vieron regresar corriendo, agitando los brazos y gritando desesperada, creyeron que había sido atacada por un animal salvaje. A lo lejos nadie comprendía lo que gritaba con tanta insistencia. Fue hasta que estuvo más cerca que sus compañeras la alcanzaron a escuchar. «¡Macambá! ¡Macambá!», era lo que decía la chica. «¡Acabo de ver a uno de los cuatro grandes de África!» La señora Velásquez no terminó de entender a qué se refería la muchacha. Cuando se lo tradujeron al fin, no esperó un segundo para salir corriendo a buscar dónde había metido el estuche con su rifle. En tres movimientos lo tuvo ensamblado y cargado. Sin escuchar las advertencias de las mujeres locales que intentaron persuadirla por todos los medios, la señora Velásquez fue corriendo hasta el punto que había señalado la chica.

No fue necesario correr demasiado para tenerlo cerca. Ahí estaba. El ejemplar de león negro más hermoso y grande que la señora Velásquez hubiera visto en todos sus años de cazadora. Era una imagen que estremecía y que erizaba la piel. Cuando puso el rifle en posición, sintió cómo una descarga de adrenalina recorría todos sus músculos. Pero cuando observó con detalle a través de la mirilla, pudo constatar lo siguiente. El macho alfa de león negro había ido hasta lo más profundo de la sabana a morir. Era joven y fuerte, pero a la altura del abdomen tenía una herida aparatosa por donde se le escapaba rápido la vida. Estaba postrado y sin poder mover más que la cabeza, y de alguna forma parecía estarle pidiendo a la señora Velásquez que se acercara, que tenía algo que decirle, algo muy importante que comunicarle antes de morir.

Cuando las mujeres locales le dieron alcance a la señora Velásquez, ya era tarde. Lo que vieron las dejó de una pieza. Su amiga estaba recostada junto al cuerpo moribundo del gran macambá. Ella peinaba la frondosa melena negra con una mano y mantenía el oído muy cerca del hocico, como si estuviera escuchándolo decir algo. A las mujeres les pareció un suicidio. Que el animal estuviera agonizando no significaba que quedaran eliminadas las posibilidades de un ataque letal. Muy por el contrario. Eran esos, lo sabían, los peores de todos. Las historias populares sobre los ataques mortíferos de león en sus últimos minutos eran aterradoras.

Dos de las mujeres prepararon sus rifles desde la distancia. Una apuntó a la cabeza del león. Otra, justo al pecho. Cuando estaban a punto de jalar el gatillo, la señora Velásquez se interpuso entre ellas y el macambá. Se incorporó y alzó los brazos en cruz, caminando hacia ellas. «¡No!» era todo lo que podía decir una y otra vez. La señora Velásquez temblaba sin control y no paraba de llorar.

Ese mismo día la señora Velásquez tomó el primer vuelo hacia su país. Con muchos contratiempos consiguió estar de vuelta.

Cuando la señora Velásquez llegó a su casa era de mañana. Su esposo había salido muy temprano al trabajo y su hijo a la escuela. Sin haberse quitado siquiera las botas de safari, la señora Velásquez vio el reloj y puso manos a la obra. Ordenó su cocina, reunió todos los ingredientes necesarios y dedico la mañana entera a preparar sus mejores platillos para su familia.

El esposo y el hijo de la señora Velásquez esperaban que ella volviera de los funerales de su tía hasta dentro de una semana más. Quizá por eso les extrañó ver la mesa servida cuando estuvieron de regreso en la casa. El señor Velásquez y su hijo se quedaron boquiabiertos por el esmero con que había sido puesto el servicio. No se atrevían a respirar para no arruinar nada. La comida estaba caliente. Las fuentes olían y se veían deliciosas, pero no se animaban a tocar ni a mover un milímetro lo que había en la mesa. Comenzaron a llamar a la señora Velásquez, pero ésta no aparecía por ningún lado. Buscaron en las habitaciones, en el baño, en el cuarto de servicio, en el jardín, pero nada. La señora Velásquez había desaparecido. Ni su marido ni su hijo ni nadie más volvió a saber de ella desde ese día.


Tryno Maldonado: Zacatecas, 1977. Ha publicado el libro de cuentos Temas y variaciones (2003) y la novela Viena Roja (2005). Su novela Temporada de caza para el león negro resultó finalista del Premio Herralde 2008 y será publicada por Anagrama en febrero de 2009. El texto que presentamos en este número es parte de ese volumen. Habita en el blog www.atari2600.blogspot.com

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